La ciencia por gusto

La escritora que metió la pata

El 4 de junio la famosa escritora española Rosa Montero publicó en el suplemento cultural El país semanal el texto “Consumidores engañados y cautivos”, donde hacía una serie de afirmaciones incorrectas y descabelladas.

Entre ellas, que Norman Borlaug —el padre de la “revolución verde” que mejoró la producción alimentaria mundial mediante cruzas para obtener cultivos mejorados— había “creado semillas transgénicas” (nada de eso: todas se obtuvieron mediante técnicas convencionales: cruzas, hibridación y selección de plantas y semillas).

Que el trigo y centeno que se produjeron así contienen un “nuevo” gluten que causa los actuales casos de intolerancia a esta proteína (en realidad no existe intolerancia al gluten fuera de quienes, por una predisposición genética, padecen la enfermedad celíaca: menos de dos de cada 100 adultos, quienes pueden ser gravemente afectados por su consumo).

Que los resultados de la investigación científica que llevan a cabo las empresas farmacéuticas “no son más que publicidad encubierta” (como si no estuvieran sujetas a controles de calidad académica y, adicionalmente a los que imponen las autoridades sanitarias).

Y, finalmente, que la homeopatía puede ser clínicamente eficaz, “aunque solo fuera por el efecto placebo” (cuando éste consiste, precisamente, en la falta  de efecto de un tratamiento), y que hay una “campaña” en su contra, financiada por los laboratorios farmacéuticos.

Y es que, efectivamente, en España ha habido una muy necesaria y aplaudible reacción contra la inclusión de la homeopatía en cursos universitarios, y a la venta libre de seudomedicamentos homeopáticos en las boticas, junto a los productos que Montero llama, incorrectamente, “alopáticos”. Pero se trata de un movimiento basado en décadas de investigación y numerosos estudios científicos y revisiones detalladas de éstos por organismos sanitarios de diversos países, que han llegado a la conclusión inequívoca de que la homeopatía —igual que otras seudomedicinas “alternativas” como la acupuntura o el reiki— es totalmente ineficaz desde el punto de vista terapéutico (aunque no, obviamente, desde el comercial).

La respuesta al texto de Montero ha sido tremenda. Numerosos expertos, así como personalidades de la divulgación científica, han explicado ampliamente por qué lo que dice son tonterías, y por qué es tan grave que una líder de opinión respetada como ella propague tal basura conceptual.

Las opiniones de Montero son, creo yo, solo una muestra más de la preocupante tendencia global a desconfiar del conocimiento científico y a dar entrada, en cambio, a todo tipo de creencias, por absurdas e infundadas que resulten, con tal que de resuenen con nuestras creencias, deseos e ideologías.

Pero, a diferencia de Montero, yo no creo que dicha tendencia a la “posverdad” sea producto de una conspiración internacional, ni que esté financiada por nadie. Simplemente es expresión del deterioro de nuestra educación, del predominio de ideas simples y pegajosas por encima de la información rigurosa y verificada, y del descontento social ante toda forma de autoridad.

Ante ello, no queda más que reforzar los esfuerzos por combatir la desinformación con conocimiento. Cuando los charlatanes hablan y los demás guardamos silencio, ellos ganan.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM.