La ciencia por gusto

La energía de los desastres

El pasado 15 de septiembre no fue muy alegre en nuestro país debido a las desgracias, climáticas y telúricas, que lo han asolado.

Son quizá los temblores los que han quedado más traumáticamente grabados en la mente de los mexicanos. Y es que, igual que los huracanes, son manifestaciones espectaculares de la verdadera fuerza de la naturaleza, y de la impotencia real del ser humano —con toda su historia, su cultura y sus avances científicos y técnicos— ante ella.

¿Cuál es la fuente de esa fuerza? ¿De dónde proviene la inmensa energía que se libera en huracanes o sismos? En el primer caso, del Sol en última instancia. Gran parte de los cambios que ocurren en nuestro planeta, incluyendo la vida, son producidos por la energía solar. El Sol es la fuerza motriz de las corrientes atmosféricas y marinas que controlan los fenómenos climáticos.

Es también la energía solar, a través de la fotosíntesis, la que provee la energía que impulsa prácticamente a la totalidad de los organismos vivos; sin embargo, no todo depende del Sol: una parte importante de la vida microbiana subsiste no con energía solar, sino con energía química liberada por compuestos inorgánicos del suelo. Y fueron este tipo de microorganismos los primeros seres vivos que existieron sobre la Tierra.

¿Y los terremotos? En días pasados, la angustia ante su poder ha llevado a que circulen ideas absurdas acerca de la relación de los temblores con las manchas solares, o con supuestas “armas tectónicas” que, por medio de ondas electromagnéticas, serían capaces de causarlos.

Tales ideas revelan lo difícil que es concebir la escala de estos fenómenos. Recordemos que la Tierra está formada por varias capas: una corteza sólida, un manto de magma (roca fundida), y un núcleo metálico sólido.

Los temblores son causados por los desplazamientos, fricción y choques de las placas sólidas que forman la corteza terrestre. Estas placas tectónicas flotan sobre el manto. Tanto el manto como el núcleo terrestres tienen temperaturas altísimas: de entre 500 y 4 mil grados, y de más de 5 mil grados Celsius, respectivamente. Debido a esto, en el manto hay corrientes de convección que hacen que el magma circule lentamente, y es este movimiento el que impulsa —entre otros mecanismos— el desplazamiento de las placas tectónicas.

Un poco de proporción: la corteza es una capa extremadamente delgada: en promedio de aproximadamente 35 kilómetros. Esto es nada comparado con el grosor que tiene el manto terrestre (alrededor de 3 mil kilómetros), o con el radio total de la Tierra, que es de más de 6 mil kilómetros. Las placas tectónicas son solo una delgada nata sólida que flota sobre el manto fundido.

¿Y de dónde viene la energía que mantiene tan calientes el núcleo sólido y el manto fundido de la Tierra? De dos fuentes principales: el calor residual que quedó una vez que nuestro planeta se solidificó a partir de materia estelar, y —principalmente— el generado por los elementos radiactivos contenidos en su composición. En el fondo, los temblores son causados por la lenta liberación del calor terrestre que se originó con el nacimiento del planeta.

Ante fuerzas —y energías— de esta magnitud, es claro que los humanos poco podemos hacer. Pero hoy entendemos mucho mejor sus causas y eso nos ayuda a tomar mejores medidas de prevención ante los desastres naturales.

mbonfil@unam.mx

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM.