La ciencia por gusto

Negacionismo

Hace unos días publiqué en Facebook una breve reflexión: “Hay gente para la que la ideología importa más que los hechos, por lo que si no coinciden con ésta deben «corregirse» o de plano negarse. Y hay gente para la que no. Una persona con verdadero pensamiento lógico y crítico debería pertenecer a la segunda clase.”

El filósofo de la biología Massimo Pigliucci, lúcido pensador sobre pseudociencias y pensamiento humanista, acaba de publicar en Scientia Salon, un texto sobre sus experiencias en una reunión internacional sobre negacionismo recién llevada a cabo en Massachusetts.

Para Pigliucci, el negacionismo es “el desprecio consciente de la evidencia factual por parte de grupos o individuos motivados ideológicamente”. Es un problema grave: existen grandes grupos negacionistas que afirman que el sida no es causado por un virus, sino por drogas; que niegan la realidad del cambio climático causado por la actividad humana, o de la evolución por selección natural; que rechazan la eficacia de las vacunas, o la existencia de epidemias, o que el ser humano haya llegado a la Luna, o que haya ocurrido el Holocausto judío. Se trata de una resistencia a la evidencia que parte, precisamente, de una postura ideológica. Son ideas peligrosas o inaceptables. Y en todos los casos hay quien las cree con vehemencia.

En la reunión se analizó el negacionismo como fenómeno general, y se exploraron sus distintas ramificaciones: mediáticas, políticas, sociales, éticas… Se llegó también a ciertas conclusiones, como que “la gran variedad de negacionismos tienen en común una muy fuerte, arrolladora, convicción ideológica [religiosa, étnica, política…] que ayuda a definir en forma central la identidad del negacionista”. Esta convicción “genera un fuerte apego emocional, así como un igualmente fuerte contraataque emocional hacia sus críticos”.

Esto causa que tratar de discutir racionalmente y de convencer con argumentos basados en evidencia a los negacionistas sea, básicamente, inútil (aunque puede convencer a los indecisos). Aun así, concluye Pigliucci, es un deber de todo académico e intelectual combatir este dañino fenómeno, “para tratar de que el mundo sea al menos un poquito mejor para todos”.

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