La ciencia por gusto

Memoria y dolor

Hace poco vi en YouTube un video que me asombró e intrigó. Mostraba una fractura de tobillo. Había que reducirla urgentemente, procedimiento extremadamente doloroso. Pero lo fascinante es que, además de analgésicos, al paciente le administraron un fármaco, midazolam, que ocasionó que olvidara el dolor ¡inmediatamente después de la maniobra!

El midazolam tiene propiedades ansiolíticas, sedantes y anticonvulsivas. Pero también induce temporalmente la llamada amnesia anterógrada: la incapacidad de formar nuevos recuerdos, por aproximadamente una hora.

Se usa para producir la “sedación consciente” o “anestesia crepuscular”: estado en que el paciente está adormilado pero responde a preguntas y órdenes simples y mantiene una conciencia reducida. Es socorrido en procedimientos molestos o dolorosos como colonoscopías.

Aunque parece una solución simple al problema del dolor, plantea muchos dilemas. Algunos éticos: hay pacientes que se sienten angustiados ante la perturbadora sensación de tener una laguna en su memoria. Otros reclaman si no se les explica lo que sucederá, pues sienten violada su intimidad al ver “borrados” sus recuerdos sin autorización.

Obviamente, el episodio de dolor que vive el paciente sí existe, es real (se puede confirmar filmándolo). Pero si, debido a su falta de recuerdos, para él la experiencia no existió, ¿se puede decir que fue real? ¿Es real un dolor —experiencia irremediablemente subjetiva— del que no se tiene el menor recuerdo? ¿Sería entonces realmente antiético causar un dolor excesivo si de todas maneras no se va a recordar?

En la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, de Michel Gondry, al protagonista se le borran los recuerdos de un amor fracasado. ¿Qué implicaciones tiene manipular la memoria? ¿Tenemos derecho a decidir qué recuerdos queremos conservar y cuáles no? ¿Qué consecuencias conlleva esta posibilidad?

Me encanta que podamos ahorrarnos los recuerdos de dolor físico. Pero me inquieta. Los seres humanos somos, antes que nada, nuestra memoria. Sin ella dejamos de existir, como lo muestran cruelmente padecimientos como el mal de Alzheimer. Una persona que pierde sus recuerdos no solo pierde su vida: pierde su ser.

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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