La ciencia por gusto

¿Ciencia o religión?

Un adulto arroja una pelota a un niño de tres años y éste la atrapa sin esfuerzo. Un mono ve una rama demasiado delgada y duda de saltar a ella desde un árbol cercano.

Ambos son animales capaces de predecir, limitadamente, el futuro. El niño proyecta la trayectoria que seguirá la pelota, cálculo que formalmente requiere ecuaciones newtonianas, pero que él hace instintivamente. El monito estima la resistencia de la rama y decide si soportará su peso. Ambos ajustan su conducta para obtener el resultado deseado y evitar contratiempos.

Su capacidad de predecir favorece su supervivencia. Procesan información, basándose en datos de sus sentidos y experiencias previas, y generan hipótesis sobre lo que ocurrirá. Pueden o no ser acertadas; también pueden modificarlas para hacer mejores predicciones la próxima vez.

Pero Robert McCauley, filósofo de la Universidad de Emory, no está de acuerdo. En su más reciente libro, Porqué la religión es natural y la ciencia no, afirma que “el pensamiento científico moderno es radicalmente no natural”.

Argumenta que la forma religiosa de pensar, basada en lo que él llama “cognición natural”, automática y no consciente, es mucho más espontánea que la científica, que requiere hábitos de pensamiento muy poco “naturales”. La religión ofrece explicaciones fáciles de aceptar; las de la ciencia suelen ser antiintuitivas.

Para McCauley, la forma que tiene la religión de explicar las cosas, atribuyéndolas a causas divinas, es más sencilla y natural que la científica, que exige pruebas antes de atribuir un efecto a una causa, y que excluye causas sobrenaturales.

Sin embargo, otros pensadores han propuesto que la ciencia no es más que un refinamiento del sentido común. Incluso se ha planteado que su evolución comenzó con los receptores membranales de las bacterias, pasando por los sentidos animales y la capacidad de modelar comportamientos presente es en mamíferos y humanos.

McCauley parece criticar a la ciencia, pero también se preocupa por ella. Siendo tan poco natural, es frágil, y puede deteriorarse. Y podría extinguirse. Si la valoramos, debemos cuidarla, o podríamos perderla. Basta ver lo que pasa en países regidos por totalitarismos religiosos.

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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