La ciencia por gusto

Ciencia y no ciencia

Cuando se habla de ciencia uno de los temas más polémicos es cómo distinguir al producto auténtico de sus versiones “pirata”, sus imitaciones fraudulentas.

La búsqueda de este “criterio de demarcación” ha sido larga y, si no infructuosa, porque mucho se ha avanzado en aclarar los atributos que caracterizan a la ciencia —la manera más exitosa que ha desarrollado el ser humano para obtener conocimiento confiable y aplicable sobre el mundo natural—, sí un tanto frustrante: seguimos sin hallar el deseado criterio infalible. 

El filósofo Karl Popper llegó a proponer que toda hipótesis científica, a diferencia de las seudocientíficas, debía ser “falsable”: tenía que estar claro qué experimento u observación, de dar un resultado opuesto al predicho por la teoría, daría como resultado su refutación. Las teorías científicas, en la visión de Popper, avanzan así por un proceso darwiniano de “conjeturas y refutaciones”: las que logran seguir explicando adecuadamente la realidad, sobreviven; las que fallan, se extinguen. En cambio, las seudociencias siempre pueden ofrecer alguna explicación improvisada, alguna excusa, para justificar sus fallos y seguir pretendiendo ser válidas. Y por lo mismo, nunca cambian ni avanzan.

En un mundo ideal, debería estar claro que cosas como la física relativista, la química orgánica o la biología evolucionista son ciencias, mientras que la astrología o la creencia en platillos voladores tripulados por extraterrestres anoréxicos son solo charlatanerías. En consecuencia, debería ser sencillo impedir que las ideas seudocientíficas fueran presentadas al público como ciencias, e incluso, cuando pueden ser dañinas (para la salud, por ejemplo), combatir su difusión.

Sin embargo, en la vida real las cosas son más complicadas. Los negacionistas del sida, los adivinos, los que venden fraudulentos “remedios milagro”, los confundidos que creen haber descubierto teorías de “gravedad repulsiva” que refutan a Einstein, los creacionistas que niegan la evolución… todos ellos siguen propagando sus ideas a un público de seguidores mal informados y siempre ansiosos de conocer “verdades ocultas”.

No cabe duda: la lucha contra las seudociencias no termina nunca.

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

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