La ciencia por gusto

Anticiencia y vacunas

A un querido amigo le preocupa la decadencia de la civilización moderna. Principalmente por la falta de apoyo y el franco desprecio que tenemos por la más refinada herramienta que la humanidad ha desarrollado para sobrevivir: el pensamiento científico.

Parte de su preocupación deriva de las cada vez más frecuentes campañas de desprestigio contra ideas científicas bien establecidas, que promueven teorías de conspiración para descalificar la ciencia, y que muchas veces tienen consecuencias dañinas y hasta alarmantes para el bienestar social.

Quienes califican el cambio climático global de “patraña”; quienes afirman que el VIH/sida no es contagioso porque en realidad lo causan las drogas o la desnutrición; quienes negaron el riesgo real de la pandemia de influenza de 2009, llamándolo embuste… todos ellos ponen, en aras de una creencia no justificada, en riesgo a la sociedad.

Es cada vez más frecuente en nuestro país escuchar comentarios como “yo no me vacuno —ni a mis hijos— porque las vacunas son peligrosas”. Se trata del peligroso movimiento antivacunas que tanto daño está causando en varios países. Su base son las ideas del gurú pseudomédico Andrew Wakefield, quien afirmó en 1998 que la vacuna triple viral (contra sarampión, paperas y rubeola) causa autismo en niños. Idea que, sobra decirlo, ha sido amplia y definitivamente refutada.

No obstante, en Reino Unido las ideas de Wakefield ya han ocasionado que miles de padres se nieguen a vacunar a sus hijos… con lo que los dejan expuestos a estas enfermedades, y ponen en peligro a toda la sociedad, pues con un número suficiente de individuos no protegidos, las epidemias resurgen. Ya está ocurriendo: luego de no tener más de unas docenas de casos de sarampión cada año, Reino Unido reportó un récord de 2 mil pacientes en 2012, y mil 200 para mayo de 2013. Algo semejante podría suceder en Estados Unidos, donde el movimiento antivacunas cobra fuerza. Y en el nuestro, si estas ideas anticientíficas se siguen difundiendo.

Ante los riesgos de la desinformación y el pensamiento anticientífico, solo la difusión de la cultura y la información científica confiable, junto con adecuadas campañas de salud, pueden vacunarnos.

Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM