Taller Sie7e

“Algo he vivido”

En homenaje a los Cronistas de vocación.

Cual coleccionistas obsesivos empeñados en encontrar la estampilla única en su tipo, la moneda, la edición especial, los cronistas buscan la anécdota, lo ignorado, los usos y costumbres, las creencias,a travésde la observación de la vida diaria.    

Así, con la voz del recuerdo, la letra en los viejos documentos, las cicatrices en los muros, en los rostros, en las almas, y conoído abierto a los susurros de losobjetos, investigan, buscan, y pintan con palabras,un universo, real en otromomento.  

Son literalmente viajeros en el tiempo, viven el presente como unhoy-ya-futuro, ya que todo es para ellosun pasado-en-devenir, este es el tema central de su vida, el latido dominante en su corazón, el destello que da brillo a su pensamiento,el horizontede su mirada, su marco de referencia existencial.

Es muy importante tener un cronista de la ciudad,  alguien que resguarde la memoria de los días, un testigo del proceso de la viday la muerte, y hasta de la resurrección, ya sea de un edificio, de una persona, de un cultivo frutal o gramíneo, un río, unalaguna, un árbol, un monumento, la fuente o la banca de un parque, el nombre de una calle, un perro, un símbolo, una tradición, una familia, un pueblo. Quién narrará cómo el sorgo desplazó al algodón en nuestra región, rememorandolos motivos del auge y de su caída.  

Quién explicará el movimiento de los símbolos de identidadcolectiva de nuestra ciudad,cómo la jaiba fue desplazada por el cocodrilo, tal como la nutria o perro de agua fue antes desplazada por la jaiba.    

“Algo he vivido” dice María Luisa Herrera Casasús, cronista de Tampico Alto Veracruz, hablando de la historia de los desastres naturales, “y puedo asegurar que la Naturaleza regresa siempre a sus mismoscauces”. Le oigo argumentar sobre diferentes etapas de la historia: “creyeron que la tierra sería siempre fértil.

No supieron rotarla, prepararla para el siguiente ciclo de siembra, y ya no produjo más”. O bien: “la inundación provocó la pérdida de la cosecha”.

Si un cronista pone la vista en el paraje actual del municipio de Altamira, formado por  caminos de concreto y tránsito de tráileres,cargados con productos para las fábricas petroquímicas del puerto industrial, en su mente ve unas amplias y apacibles marismas, y a los hombres cosechadores de sal, con su paliacate montado en la cabeza, impulsandolevespalanganas bajo un sol recalcitrante;piensa con el pensamiento del pescador de aquella época, canta la canción de trabajo de aquella época, llora un poco la Naturaleza absorbida por el progreso, consigna en su memoria el paisaje actual, y lo escribe.

Ya en algunos años, cuando nadie recuerde el brillo de la sal, ni el rodar de un tráiler sobre el concreto, ni el silencio de los obreros sin cantode las fábricas, el cronista que haya heredado el oficio de observar ese mismo paisaje, miraráen su propio presente, no cómo envejece el mundo, sino cómo transforma el hombre su entorno, cómo el entorno transforma al hombre.