Taller Sie7e

La ciudad que nos habita

El primer título que pensé para este ensayo fue “La Ciudad que habitamos”,  luego, casi inmediatamente corregí por “La Ciudad que nos habita”. Me di cuenta cómo es que pude estar tanto tiempo en el error de pensar que se pueda siquiera pretender habitar algo o a alguien, cuando, siendo sujeto de emociones, lo esencial, lo real,  es reconocerse siempre como “el habitado”, el hábitat por antonomasia.

A la pregunta ¿Qué nos habita? No cabe más que una respuesta. Nos habita a cada uno una realidad personalísima construida de visiones.  El ser humano construye sus significados a partir de símbolos, no ve las cosas por sí mismas sino por lo que representan.  Más aún, por lo que le representan en su muy individual experiencia.

¿Qué parte de ésta ciudad reconoces como propia? ¿A qué calle, a que esquina acude tu memoria? ¿Qué rostros, qué sonrisas, qué caricias, qué trastornos, qué golpizas, qué penurias tuvieron aquí su domicilio? ¿Dónde estabas tú cuando la inundación, cuando el incendio, cuando el robo, cuando el escándalo? ¿Cuál árbol te dio su sombra y  su fruto? ¿bajo qué sol, bajo qué noche,  dormías cuando niño? ¿Qué perro, qué gato, qué ausencia, acompañó tus infantiles juegos? ¿De qué paisaje, platillo, o personaje presumes a tus visitantes? ¿De qué o quién preferirías no acordarte? ¿Quién te venció, o venciste, en un pleito memorable? ¿Con quién aquí practicaste un deporte, fuiste al mar, tuviste un amor?

La ciudad que me habita está construida de paisajes emocionales. De edificios nostálgicos, de cielos iluminados, de nubarrones y brumas, de lluvias memorables.  Ciudad de sonidos, de voces, de músicos y vendedores callejeros. Ciudad  de calles tatuadas por los pasos andados, de banquetas y esquinas, de carretas que transportan lo viejo,  de olor a mar y petróleo, a pescado y azufre, a perfume y mango.  Ciudad de vano poder, de exceso y pobreza,  ciudad de árboles y crotos.  Ciudad de ausencias.

Todos los viajes son viajes a nuestra memoria, dice el escritor Ítalo Calvino en la voz de su personaje Marco Polo, mientras describe las ciudades de sus viajes a Kublai Kan, emperador de los Tártaros. Mas nunca habla de Venecia, su ciudad de origen,  pues teme que al convertir las  imágenes en palabras, se queden fijas a ellas, y al pronunciarlas, se lleven la memoria de su ciudad más profunda, y la olvide. Como Marco Polo, siempre habrá una ciudad en nuestra memoria que guardamos sólo para nosotros mismos, para resguardarla del olvido.

Ahondar en la Ciudad que nos habita, nos aleja del tema del bache en la calle, de la marginación en los cinturones de pobreza, de las fortunas ilícitas, de las malas iglesias, del tufo del corrupto, de los muertos por negligencia, de los pantanos del gobierno. Nos acerca a la fiesta, a la mujer que reza, a la enfermera, al talento,  los jóvenes y los niños,  la plaza,  la fuente y la lámpara, el regalo, las mascotas, y al saludo en las banquetas.   Ahondar en la ciudad que nos habita, nos centra en nuestra forma de ver, nuestra forma de construir la realidad a la que respondemos.  Nos hace patente la necesidad de resignificación para imaginar una ciudad que nos habite con sus caminos de evolución humanística.