Articulista invitado

El sepulturero del franquismo

Con la muerte de Adolfo Suárez se va el penúltimo de los artífices de la transición política española, que llevó a ese país de la dictadura a una democracia moderna y europea.

Adolfo Suárez fue presidente del gobierno español de 1976 a 1981.  (EFE)

Con Adolfo Suárez se va el penúltimo de los artífices de la transición política española, que llevó a ese país de la dictadura —última en Europa occidental— a una democracia moderna y europea, y acaso una de las principales figuras políticas de la Europa de la segunda mitad del siglo XX.

Hombre del antiguo régimen, político de provincias y figura de segunda fila del franquismo, Suárez se desempeñaba como secretario general del Movimiento Nacional, organización política única de la dictadura y versión deslavada de la antigua Falange, cuando fue llamado por el rey Juan Carlos, para sacar adelante el desguace de la dictadura, que había sido impedido hasta entonces por el ala más dura del franquismo.

Su destreza en desmontar la dictadura desde adentro no se le puede escatimar. En 11 vertiginosos meses amnistió a los últimos presos políticos de la dictadura, comenzó contactos con la oposición histórica, autorizó la actividad sindical y permitió de facto la libertad de prensa, afirmada en los nuevos medios El País y Cambio 16. En diciembre de 1976 indujo con singular maestría al seppuku de las últimas Cortes franquistas, que votaron, contra toda lógica o pronóstico, su propia disolución como condición previa y necesaria para la reforma política del régimen. Cambio sui géneris que implicó una reforma sin ruptura o una ruptura reformista con el franquismo. En abril de 1977 legalizó al Partido Comunista de España, en plena Semana Santa, con el búnker franquista en pleno de vacaciones en la playa y, por ende, imposibilitado de reaccionar a la medida, lo que le granjeó el odio feroz de la ultraderecha española, que nunca le perdonó haber sepultado al régimen del que provenía. Finalmente, y por si fuera poco, Suárez presidió con éxito y en paz la celebración de las primeras elecciones democráticas españolas en 41 años.

A un mes escaso de los comicios fundó la Unión del Centro Democrático, organización política creada ex profeso para capitalizar su imagen y popularidad en la inminente justa electoral. Con dicha agrupación triunfó por escaso margen en la elección de junio de 1977, presidiendo un gobierno de mayoría relativa que intentó sacar adelante su programa de cambio político, en medio del doble amago del golpismo militar más recalcitrante y del terrorismo de ETA y los Grapo.  Suárez padeció además la infidencia de muchos miembros de su propia coalición. Con todo, logró sacar adelante la promulgación de una nueva constitución en 1978 y ganar unas nuevas elecciones en 1979.

El gobierno emanado de dicho proceso fue aun más precario que el anterior, e izquierdas y derechas parecieron unirse en sus afanes por derrocarle, a la buena o a la mala. Sin embargo, pactó con la oposición, inauguró una suerte de federalismo y normalizó las libertades en España.

Consumido por el desgaste continuo de una presidencia atenazada, Suárez presentó su renuncia en enero de 1981, que le fue aceptada  un mes más tarde. Fue entonces, justo cuando estaba por transmitirle el cargo a su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo, que el golpismo español volvió a asomar su hórrida faz, en la persona del teniente coronel Antonio Tejero, quien al frente de un grupo de guardias civiles irrumpió a balazos en el Parlamento español, tomando como rehenes a los gobiernos saliente y entrante, así como a la integridad de los diputados. De ese sainete zarzuelero destaca la altiva imagen de Suárez, quien junto con Santiago Carrillo fue el único de los diputados en permanecer de pie en el recinto ante los disparos de los sediciosos, tal y como testimonia una estampa épica del momento.

Suárez, animal político por excelencia, intentó volver al poder, ésta vez por medio de una nueva organización política: el Centro Democrático y Social. Aplastado por la impetuosa victoria del PSOE de Felipe González, en octubre de 1982, y, nuevamente, cuatro años más tarde, Suárez pasó al retiro.

Allí la tragedia pareció cebarse en él, en lo que semejó una materialización sobrenatural de la inquina de la derecha española contra su persona: en muy breve lapso su mujer y su hija primogénita cayeron fulminadas, víctimas del cáncer. Otra hija también enfermó del mismo padecimiento, aunque consiguió salvarse. De ésta última tragedia Suárez nunca tendría noticia, pues al poco tiempo se le declaró un Alzheimer galopante. Tenía 72 años.  Desde entonces no recordaba haber sido presidente de España ni reconocía a nadie. Solo respondía a estímulos emotivos, según declaró su hijo a la prensa en 2005.

En retrospectiva resulta fácil, pero tremendamente injusto, culpar a Suárez y a la transición de todos los males que hoy aquejan a España: crisis económica, el desprestigio del rey y de su clase política, la amenaza de su fragmentación en pequeños estados a la yugoslava, etcétera. Es cierto que la transición española, en su búsqueda obsesiva del consenso, expresado en el café para todos, y en su incapacidad por llamar a cuentas a los antiguos esbirros de la dictadura, dejó muchos temas cruciales en la ambigüedad y muchos crímenes de lesa humanidad sin castigo, No obstante, conviene recordar el contexto en el que ésta tuvo lugar: un tiempo en el que la dictadura estaba todavía intacta y la oposición española era demasiado débil como para forzar un cambio más radical. En circunstancias tan precarias y difíciles, Suárez tuvo el mérito innegable de conseguir el tránsito a un sistema que, con todo y sus muchos defectos, fue preferible a la siniestra dictadura franquista.

Así, en muchos sentidos, Suárez recuerda a otra figura análoga e igualmente incomprendida hasta su muerte: Raúl Alfonsín, quien condujo al pueblo argentino a la senda de la democracia y que fue, no obstante, tenido por tibio, timorato o insuficiente.

Como buen zóon politikon que fue, Suárez hizo de la política el arte de lo posible y a partir de ese lugar devolvió a España a la democracia, después de cuatro dilatadísimas y oscuras décadas, lo que es todo, menos anecdótico.

Politólogo-investigador de la UNAM