El sendero de la transformación posible

Del mismo modo que la sombra sigue al cuerpo, nuestro pensamiento antecede nuestra transformación (Parafraseando el Dhammapada)”

La cultura occidental tiene mucho que aprender de la cultura oriental en la forma de percibir y entender la realidad, sus problemas y limitaciones. La creencia de las entidades autónomas, independientes e infinitas conlleva en sí misma una alteración de lo que las personas, las sociedades, las ciudades, la naturaleza y las circunstancias son, y peor aún, de lo que pueden ser.

Las interacciones resultantes de esta forma de pensar nos muestran evidencias claras del agotamiento de los modelos imperantes y de la irracionalidad de las acciones derivadas de ellos, en el contexto de la vacuidad de los discursos políticos y académicos, que con cierto disimulo terminan por avalar los procesos de deterioro que socaban el equilibrio ambiental y la estabilidad social y económica, ofreciendo medidas contables de mitigación y compensación.

El camino formulado por la macroeconomía mundial y aceptado sumisamente por los supuestos países en desarrollo, hasta ahora no muestra beneficios tangibles de mejora, cambio o reversión. El pensamiento único de la globalización  ha reducido todo al dictado de la mano invisible de mercado mundial y del empoderamiento supranacional de los grandes corporativos empresariales, aceptando sus prácticas proteccionistas y sujetándose a las camisas de fuerza impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Aún cuando las formas de vida y los patrones de consumo del denominado “mundo desarrollado” no son un paradigma a seguir para la transformación sostenible, paradójicamente siguen impulsándose irresponsablemente. Sin embargo, el quid del problema sigue siendo la acumulación capitalista escandalosa basada en la comercialización global y en la explotación ilimitada de los recursos naturales y energéticos, prácticamente al punto del agotamiento y la extinción, con el soporte discursivo y pragmático del pensamiento económico neoliberal -maquillado de sostenibilidad-  que persigue como sombra las decisiones políticas y económicas de todos los países, especialmente de los más pobres. La fórmula “más competitividad, más atracción de capital externo y más crecimiento económico” a lo largo de 20 años, todavía no ha sido capaz de proporcionar la calidad de vida esperada, y menos aún, de redistribuir las utilidades del modelo neoliberal para sacar del hoyo de la pobreza a millones de habitantes, no obstante los malabares estadísticos que afirman lo contrario.

Los ganadores hasta ahora sólo han sido los grandes corporativos multinacionales, quienes a través de sus propios foros y orquestas económicas dictan directrices y restricciones al resto del mundo, con un poder inédito en pocas manos invisibles o visibles, anulando toda soberanía con el uso de la “espada de Damocles” crediticia o militar. Las promesas incumplidas siguen postergadas sin fecha de caducidad, pues la esperanza ilusoria en la compasión de los ricos es cada vez más incierta, no obstante los placebos tecnológicos, los supuestos cambios estructurales y la oferta sin restricciones del supermercado global.

Aunque las “victorias pírricas deportivas” sean la antesala de una derrota final anunciada,  son invariablemente aprovechadas por el club global-local para vender mucho más y capturar nuevos mercados, pues todo lo importante pasa a segundo término -incluso la pobreza cotidiana-  dando paso a la farándula del espectáculo, generadora de millonarias ganancias económicas y políticas que nadie fiscaliza. Antes, durante y después, la mass media crea las condiciones propicias para la enajenación colectiva y la cura de la cruda deportiva, mediante estrategias iniciales de milagrería y estrategias finales de resignación y aceptación. La afortunada periodicidad de estas justas mundiales resulta ser más eficiente en tiempos de crisis y pobreza, produciendo los imaginarios colectivos efímeros y paraísos artificiales de identidad y superioridad nacional necesarios para el momento.

Desde una perspectiva del pensamiento y filosofía oriental, la realidad tiene que ver más con la impermanencia y falta de identidad absoluta –mas no relativa- de las personas, las cosas, las circunstancias y las emociones,  por lo que la evasión de las diversas causas y efectos de la desigualdad, la inequidad y la acumulación, y el grave deterioro ambiental, tienen su explicación en la ignorancia, la corrupción de la conducta y la inconsciencia individual y colectiva.

Por falta de sabiduría nos empecinamos en no reconocer que habitamos un mundo de manera interdependiente -el calentamiento global y el cambio climático es una prueba de ello-, y que lo que hagamos o dejemos de hacer  en él, nos afecta o favorece a todos ahora y en el futuro; Por falta de una conducta ética, las palabras, las acciones y los hechos suelen ser incongruentes, y además con una notoria falta de orientación hacia el bienestar social verdadero; y la ausencia de una conciencia plena, evita encauzar los esfuerzos correctos para transformar el presente y cimentar las bases de un futuro intergeneracional más justo y equitativo, un futuro por cierto, que concilie las limitaciones de la naturaleza y de la disposición energética con las aspiraciones y necesidades sociales y económicas, lentificando los procesos naturales de su entropía y deterioro.

Sabiduría, ética y conciencia plena son tres categorías del pensamiento  oriental universal urgentes para enriquecer el pensamiento occidental, si lo que verdaderamente aspiramos es caminar por un sendero sostenible de transformación social, económica y ambiental.

mario.cordova@milenio.com