Repensar la ciudad

La crisis urbana es evidente y no hay mucho tiempo para enfrentar con oportunidad los retos y desafíos que hoy nos plantea. Desde los diversos ángulos en que se observe y analice, los problemas de la ciudad contemporánea sobrepasan cualquier intento de explicación y solución sectorial y especializada aún con la concurrencia del conocimiento científico y técnico, pues sus dimensiones humanas, sociales, políticas, culturales, económicas y ambientales exigen de un pensamiento complejo, un pensamiento que contextualice e interrelacione los diversos fenómenos que en ella ocurren, dentro de una trama de interacciones variables y diversas.

Algunos han señalado que la ciudad suele estar muy estudiada y lo que falta son políticas públicas y acciones consecuentes con las necesidades específicas de agua, de energía, de movilidad o seguridad, por mencionar algunos temas recurrentemente mencionados; otros piensan que con el debido nivel tecnológico las ciudades pueden convertirse en artefactos inteligentes, capaces de responder adaptativamente a las demandas variables de sus necesidades; otros piensan incluso que el asunto de la  competitividad global y regional de la ciudad es la clave para producir la atracción del capital económico y “humano” necesarios para la innovación y la sociedad del conocimiento, minimizando los efectos gentrificadores de la exclusión; algunos otros, con una visión espacialista y estética de la ciudad y con un cierta añoranza y nostalgia en sus pronunciamientos, piensan que la buena ciudad se hizo y se puede producir en los grandes despachos de urbanistas y arquitectos iluminados, en el contexto de una normatividad débil y flexible, abstrayendo cualquier contenido social y natural, como verdaderas entelequias aristotélicas; muchos -la mayoría excluida- piensan que las verdaderas causas de los problemas de la ciudad subyacen en la inequidad y desigualdad prevalecientes, donde la cosa pública responde primordialmente a los intereses privados de corto plazo, en un contexto impune corrupción oculta donde prevalece el manejo social clientelar y corporativo,  y donde la aritmética electoral se sobrepone a la democracia participativa. Esta situación, por cierto, no sólo inherente al supuesto subdesarrollo sino también a los países del club denominado “desarrollado”,  ha dado lugar a grandes escándalos que tan sólo han podido contener con el mass media al servicio del poder político y económico.

Estas sólo son algunas formas de pensar la ciudad en la teoría y en la práctica, con diferentes niveles de sesgo y reduccionismo, que eluden la complejidad de las interacciones humanas con la naturaleza, en la que ocurren multiplicidad intercambios con consecuencias positivas y negativas, impredecibles si son vistas desde la simple sectorialidad, o probabilísticamente previsibles desde la emergencia de los fenómenos complejos de la ciudad. ¿Quién podría pensar hace dos décadas que la emisión de CO2 en la atmosfera, producido principalmente en la ciudades, sería un factor determinante del calentamiento de nuestro planeta y su cambio climático? ¿Quién pudiera haber imaginado en el contexto del mundo infinito, que la deforestación y el irresponsable uso de los recursos naturales nos llevaría a situaciones de alto riesgo y vulnerabilidad sin precedentes? ¿Quién hubiera supuesto que las fuentes de energía no renovables llegarían al punto de inflexión de la escasez previsto por el pico de Hubbert, y que el sueño norteamericano fordiano de la ciudad motorizada llegaría muy pronto a su límite?

Soslayar la finitud de los recursos, su mal uso y distribución, la huella ecológica que producen en su entorno inmediato y regional, es seguir pensando que la ciudad puede satisfacer todo a costa de todo, no obstante el abarrotamiento poblacional, la escasez de recursos materiales y energéticos, y la expansión territorial sin fin, porque como suelen decir algunos con un aire romántico decimonónico “la ciudad contemporánea es la máxima expresión del progreso y la prosperidad, dentro de la red etérea global del conocimiento”.

Sin duda la ciudad debe repensarse, no sólo en cortes temporales seculares, sino con una visión real de límite y finitud en el corto, mediano y largo plazo. El entendimiento de sus procesos, de sus problemas y sus concepciones urbanísticas deben replantearse, pues los modelos actuales ya no responden a la representación de la realidad, los diagnósticos son incorrectos y los escenarios prospectivos y estrategias no producen los efectos deseados. La reforma urbana desde la complejidad es fundamental, más allá de las visiones y fórmulas ramplonas de la prosperidad promovidas por organismos internacionales, la competitividad promovida por el foro económico mundial o la calidad de vida exclusiva promovida por algunos colectivos.

México y sus estados, y sus principales ciudades y metrópolis, deben repensarse en lo general y lo particular, pues la nueva reingeniería institucional federal y estatal no dará lugar per se a una transformación urbana de gran calado. Los grandes cambios de cara a los retos y desafíos dependerán de un gran debate político y ciudadano que ponga en tela de juicio lo que normalmente se ha hecho, de cara a futuro corresponsable. Valga esta modesta reflexión ahora que el tema de la planeación metropolitana está en boca de funcionarios, académicos, expertos y ciudadanos cuya aspiración verdadera es cambiar la ciudad y las actitudes apáticas de sus habitantes.

mario.cordova@milenio.com