Educación y cultura vial

Educación y cultura vial son dos conceptos que suelen confundirse, cuando uno es consecuencia del otro. Algunos piensan que los problemas que padecemos a diario en nuestra movilidad se deben a la falta de educación y la ausencia de cultura vial, sin embargo, la mala noticia es que ambos aspectos existen en nuestro comportamiento diario.

Desde la perspectiva antropológica la cultura no necesariamente tiene que ver con la expresión culta, ilustrada o ética del comportamiento humano, sino con una serie de prácticas, experiencias y hasta de conflictos de intereses asumidos en lo individual y colectivo, ante las circunstancias de orden o desorden, de legalidad o impunidad, de respeto o indiferencia.  Para nuestro mal, la educación y cultura vial que prevalece en nuestros desplazamientos es cada vez más errática e imprevisible, menos respetuosa y más agresiva con los demás, especialmente con los más vulnerables y desprotegidos.

La alta motorización individual de nuestra ciudad se ha convertido en un arma mortal que atenta contra el buen vivir, la armonía social y la salud pública, pues ante la desesperación diaria por la congestión, la deficiente gestión del tránsito y el transporte, la alta inseguridad de nuestros recorridos ya sea como pasajeros conductores o caminantes, la larga duración y alto costo de los mismos, el consumo de combustibles y contaminación del  aire y la producción de ruido, ante una escasa vigilancia y aplicación de la leyes, cada quien se las arregla como puede haciendo del caos el nuevo orden.

Aún cuando la mayoría respeta hasta cierto punto las reglas, en el fondo prevalece la sobre posición de los vehículos sobre las personas, incluso de quienes usan bicicleta sobre los peatones, pues nuestras ciudades siguen francamente orientadas a los vehículos que a las personas, con muy pequeños indicios de cambio. La educación y cultura vial prevalecientes dan una alta preferencia a la circulación motorizada, en detrimento de la de los ciclistas y los peatones, los cuales tienden a confinar o segregar.

Los altos niveles de motorización mundial  han incrementado la mortalidad, tanto que la Organización Mundial de Salud (OMS) en su último informe documenta el fallecimiento anual de 1.3 millones de personas y el traumatismo de 50 millones, por lo que esperan que los accidentes viales en el año 2030 sean la quinta causa mundial de mortalidad, principalmente en los países de menores ingresos. Ante esto se han implementado numerosos programas exitosos de mitigación, pero sólo enfocados al transporte motorizado individual.

La educación vial -buena o mala- tiene que ver más con un largo proceso pedagógico de aprendizaje formal o informal, reproducido socialmente hasta convertirse en cultura. En un ámbito urbanidad y legalidad -cada vez más extraña en nuestras ciudades-, o en un contexto de impunidad e irresponsabilidad donde todo es posible.

La cultura y educación vial que hoy tenemos deben ser objeto de un profundo cambio en el ámbito público y privado, con la participación amplia de todos los actores de la movilidad, en una marco de legalidad y respeto al derecho. Hay que des-aprender los malos hábitos y costumbres, y sobre todo la actitud  indiferente y apática.  Los factores que deben tomarse en cuenta para una nueva educación generadora de una nueva cultura vial son de índole político, social, económico, espacial, pedagógico, tecnológico y de comunicación. De índole político, porque el interés público y el bienestar debe hacer prevalecer la calidad humana de la movilidad y la accesibilidad; de índole económico, porque más allá de la rentabilidad de los servicios y su vinculación con la productividad y competitividad de la ciudad, los beneficios deben sentirse y percibirse en la calidad de vida de sus habitantes; de carácter espacial, porque la conversión urbana requiere tanto de la conectividad y articulación de lo lejano como de aproximación de lo cercano, por paradójico que esto parezca; de índole pedagógico, porque las relaciones que ocurren a diario en la ciudad enseñan el buen o mal vivir, y en este sentido, deben vivirse procesos distintos de enseñanza capaces de propiciar una cultura vial sostenible; de índole tecnológico, porque los avances científicos son esenciales para lograr una movilidad y transporte eficiente y eficaz con un menor uso de energía y una reducción significativa de emisiones contaminantes; y  de índole comunicacional, porque una sociedad bien informada incrementa sus capacidades de elección y oportunidades de desplazamiento en beneficio de una movilidad más sustentable.

A pesar que el síndrome norteamericano de la motorización permanece todavía en nuestra civilización con una mezcla de temor y culto a sus vehículos e infraestructura, bajo el influjo de una sociedad de consumo que promueve como valores la insatisfacción y ansiedad permanente. La crisis de la movilidad en nuestras ciudades presenta una gran oportunidad, en la que una nueva educación y cultura vial pueden ser las palancas de la transformación.

mario.cordova@milenio.com