Ciudades libres de autos

Las utopías convincentes siempre han sido el “leitmotiv” del cambio. La utopía de un “mundo libre de autos” está llegando a ser motivo inspirador de la transformación urbana mundial. Cada año el 22 de septiembre se consolida más como un día de celebración mundial en el que se pretende que cuando menos un día los habitantes de una ciudad dejen de usar sus autos, poniendo a prueba otras formas de desplazamiento más saludables y más sustentables. Aún cuando nuestra ciudad ha tomado el reto mediante la declaración jurídica del día sin auto ante el trabajo arduo de numerosos colectivos ciudadanos, todavía falta mucho que hacer para concientizar y diseñar políticas públicas que impulsen una movilidad y transporte diferentes.

Este día con gran carga simbólica de una utopía posible, se ha vuelto el escenario de diversas expresiones públicas y privadas, que trastocan el fondo de la motorización y los hábitos automotrices, confrontando la realidad con ejercicios colectivos e individuales, que si bien se nutren de contexto mediático, no dejan de  propulsar un cambio que ya se encuentra en proceso, y que difícilmente va a detenerse.

El movimiento Carfree en nuestra ciudad ha crecido muy rápidamente con el esfuerzo de muchos personajes locales que tienen nombre y apellido, y sobre todo de colectivos ciudadanos que como “Ciudad para Todos”, después de la batalla histórica que terminó por derrotar el proyecto gubernamental “Vía Exprés”, logró el reconocimiento de la prestigiada red internacional “World Carfree Network”, dando lugar a su congreso internacional del año 2011.  Desde entonces las cosas ya no son iguales a pesar del incesante crecimiento parque vehicular, pues ya se empiezan a notar los primeros frutos en la conciencia ciudadana y política.

Muchos gobernantes, funcionarios y representantes públicos han publicado en las redes sociales lo que hicieron el 22 de septiembre pasado, cuando por un día o dos dejaron de usar su automóvil particular u oficial, dando testimonio de sus decisiones intermodales para lograr sus desplazamientos, todos caminaron, algunos utilizaron la bici y la mayoría utilizaron el servicio de transporte público. No obstante el contexto mediático de sus acciones, esto no ocurría antes, pues era más frecuente ver a un gobernador o presidente municipal resaltar los avances de una obra de un paso a desnivel poniendo mantas de publicidad dirigidas a los automovilistas, que tomar una bicicleta y transportarse desde Casa Jalisco a Palacio de Gobierno, menos aún observar a un Secretario de Movilidad abordando la ruta de camión afuera de su secretaría para llegar al centro de la ciudad, u observar a un Secretario de Planeación, Administración y Finanzas transportarse desde su casa en camión, transbordar en el tren eléctrico y posteriormente complementar sus viajes con bicicleta. 

Todo esto no sucedía antes, es más, era políticamente incorrecto, pues apoyar a los ciclistas era apoyar aquellos que se oponían a la construcción desmesurada e irracional de infraestructura para el auto. Lo que más se pudo observar en Administraciones anteriores, fue el paseo  de un ex gobernador acompañado de un cuestionado boxeador popular inaugurando una ciclovía mal lograda que se deshizo a los 15 días, un proyecto fallido de transporte público metido en el terreno político, o el colmo de un ex secretario ciclofóbico, ordenando ocultar una manta de “Ciudad para Todos” clausurando simbólicamente el costoso e irracional puente atirantado justo el día del evento.

La experiencia del cambio de hábitos automotrices, aunque sea sólo por un día, seguramente ha provocado reflexiones personales y colectivas, pues los protagonistas pudieron vivir en carne propia lo que normalmente ven con lejanía. Desde grandes oportunidades de desplazamiento descubiertas -pues en esta ciudad es posible llegar a su destino por medios distintos al automóvil-, hasta las grandes dificultades que se anteponen al desplazamiento peatonal, ciclista y del mismo transporte público. Así como pudieron darse cuenta de las oportunidades intermodales conectivas, seguramente se dieron cuenta del descuido y abandono de muchas de las banquetas, de la cantidad enorme de obstáculos que tienen y atentan la seguridad del viandante, de la inseguridad para cruzar las calles donde además no hay señalamiento marcado para ello, y hay una enorme cantidad de bordos y áreas vulnerables expuestas a atropellamientos e invasiones de los automóviles. Sin duda se encontró un automóvil estacionado sobre la banqueta o invadiendo una parada de transporte público; y en su intento por cruzar la avenida o la calle se encontraron con el acoso de un automovilista o un chofer de transporte público enfurecido recordándole su mortalidad.

Si usó la bicicleta, al mismo tiempo que le cambió el paisaje de la ciudad y se sintió vital,  se dio cuenta de que se puede transitar con ella, pues calles en las que se puede circular de manera compartida sin mayor sobresalto, seguramente advirtió los riesgos del pavimento, de las alcantarillas, de los carros estacionados y de la exposición a una conducción automovilística y transporte público  normalmente agresivos con el ciclista, los cuales regularmente son invisibles y despreciados en su integridad y dignidad humana, posiblemente haya observado también algunos ciclistas imprudentes que se juegan la vida, y una gran mayoría cautelosa, respetuosa del peatón y conocedoras de la ciudad en sus trayectos.

Y qué decir del transporte público en autobuses, donde siguen prevaleciendo las mismas prácticas de mala calidad del servicio, no obstante los esfuerzos gubernamentales por transformar el modelo de transporte, el cual seguramente cambiará cuando se genere un contexto de modernización y adopten nuevas formas de prestar el servicio en base a las nuevas exigencias legales, normativas y tecnológicas orientadas a la satisfacción del usuario.

Después de lo visto el pasado lunes, ya no hay vuelta para atrás. La política pública tiene que ser consecuente con sus propósitos: los espacios peatonales y públicos deben mejorarse notablemente, la inversión en infraestructura vial debe dar paso a la inversión en infraestructura ciclista y el transporte público debe convertirse en la piedra angular de la transportación colectiva, sin distingo de diferencias sociales y con una calidad de servicio incuestionable.

mario.cordova@milenio.com