Cartel de espejos

¿Cómo era la vida en la “Casa Grande” de las haciendas de la Comarca Lagunera a finales del siglo XIX y principios del siglo XX?

La vida cotidiana  en las haciendas laguneras a finales del siglo XIX siempre es un tema apasionante.  Los “tiempos idos” invitan a un reflexión de ese microcosmos, ya que dentro de un espacio conviven los señores  de la “Casa Grande”, los peones, el administrador, los empleados los encargados de la tienda, el capataz, el carnicero,  mujeres, niños y otros habitantes.  Francisco Durán y Martínez  es autor de un libro que retrata la vida de la “Casa Grande”. (Cuatro Haciendas de Durango: La Concepción, El Casco, La Naicha, y San Antonio de Piedras. Miguel Ángel Porrúa, Secyd Cultura, La Salle, México, 1997).   En palabras de Paco Durán: “Deben de haber sido casas muy rudimentarias con lo esencial para su habitación, cocina, bodega, corrales. Las casas eran del corte español tradicional: patio en el medio, rodeado por una arcada que distribuía los cuartos alrededor del patio y opuesto al zaguán cruzando el patio, el comedor; junto, la cocina, atrás el corral y la huerta. En el patio se tenían sembradas plantas y árboles para que refrescaran del calor intenso de toda la zona, la gente salía a los corredores a “tomar el fresco de la tarde”, a tejer, a leer y a platicar. Era donde las señoras rezaban su rosario caminando alrededor de los pasillos desde donde se vigilaba a los niños. La vida de los corredores de la casa era  para la familia uno de los puntos de reunión más importante. Las casas eran de tres cuartos y hasta cinco metros de altura con techos de vigas rematadas en algunos casos con zapatas. La cocina contaba con fogón y horno, aunque generalmente, en el patio de atrás se tenía un horno de leña para pan,  la huerta generalmente  daba perones, cítricos, manzanos, duraznos y nísperos.  Comenzaba el día a las 4 o 5 de la mañana calentando el fogón de la cocina y prendiendo el horno, se les daba su desayuno a los que  salían al campo, se limpiaban las jaulas de los pájaros, se alimentaba a las gallinas. Se ordeñaba a las vacas, se  echaba alimento a los animales, los mugidos de las vacas, y los balidos de las ovejas anunciaban su salida al campo. El desayuno debe de haber sido café tostado y molido en casa, leche, huevos, chorizo y frijoles con tortillas de harina; madrugar era costumbre, todos a la mesa desde el jefe de familia hasta el más pequeño. Desayuno para doce o quince.  Se molía el maíz desde muy temprano para echar muchas tortillas, tanto para la gente de la casa como para el rancho de los vaqueros y pastores. Si se hacía caldillo se comenzaba a asar los chiles verdes o si había carne de puerco en chile colorado se ponían a remojar los chiles secos. Si hacían cabrito en fronterizo se sacrificaba al animal desde muy temprano para desangrarlo y destazarlo. La sangre del animal se aprovechaba para preparar el mismo guisado. Si era temporada se ponían a remojar las habas para hacer caldo, o las lentejas. Si se hacía puchero se buscaba un buen perón para introducirlo en el caldo junto con la verdura fresca y la carne de res sacrificada ese día. Si se había sacrificado una vaca se utilizaba la ubre para hacerla empanizada y las vísceras para preparar otros guisos”.Francisco Durán nos   muestra un mosaico de la vida rural de finales del siglo XIX y de la primera década del siglo XX que nos ayuda a entender el modo de vida en  la “Casa grande”  de la Hacienda.  


mary_saldana2002@yahoo.com.mx