Des - astre

Los seres humanos, a diferencia de los animales, nunca tenemos suficiente. Y según, su origen tiene algo de bello y perverso, que a veces nos catapulta o bien nos vuelve presos... la eterna insatisfacción.

De lo ocurrido en Monterrey me quedé sin palabra, envuelta en una profunda tristeza porque nos pega duro y nos ha impactado mucho porque esta vez ha ocurrido en casa, a nosotros, a lo que más nos duele... a nuestros hijos.

Como el hierro encendido que con su marca nos deja una herida viva; con el aliento contenido en medio de una esfera aberrante que asfixia y cuya única salida, parece ser, es la incertidumbre.

Lo fácil será encontrar chivos expiatorios, incluso si "el hecho" fuese visto como una biopsia, definitivamente estaríamos hablando de un cáncer en fase terminal, nuestro paciente... el tejido social. Pero esta vez, queda claro que no se trata de un asunto donde el chivo expiatorio sea el gobierno o la política.

Creo que esta vez, "el hecho", nos señala desafiantemente, nos invita ya no a la reflexión sino a la responsabilidad, porque en todo caso, todos nos volvemos chivos expiatorios en medio de una noche de desastre. Donde desastre, significa "sin astro".

La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han, nos plantea la reflexión de que: "Toda época tiene sus enfermedades emblemáticas. Así, existe una época bacterial que, sin embargo, toca su fin con el descubrimiento de los antibióticos. A pesar del manifiesto miedo a la pandemia gripal, actualmente no vivimos en la época viral. La hemos dejado atrás gracias a la técnica inmunológica.

El comienzo del siglo XXI, desde un punto de vista patológico, no sería ni bacterial ni viral, sino neuronal. Las enfermedades neuronales como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, el trastorno límite de la personalidad o el síndrome de desgaste ocupacional definen el panorama patológico de comienzos de este siglo."

No pude resistir a la cita anterior, larga, por cierto, cuando en efecto estas enfermedades hoy se presentan como infartos sociales.

Víctimas de la dinámica de rendimiento contemporáneo en la que vivimos, nos hemos vuelto violentos hacia nosotros mismos. Como el mito de Prometeo. El águila que devora su hígado en constante regeneración es su alter ego, con el cual está en guerra, siempre insatisfecho, en una constante autoexplotación. De ahí que al hombre ensimismado, la redención de el Eros no llega jamás, que cautivado en la otredad, no alcanza a vencer la depresión.