Jóvenes Prospera

Cuando el Presidente Enrique Peña Nieto firmó el decreto por el que se creó la Coordinación Nacional de Prospera, como programa de Inclusión Social, por supuesto se recordó aquel marzo de 2002 cuando Progresa cambió de nombre a Oportunidades y que, desde entonces, incrementó su cobertura de 1.5 millones de familias en 2002 a 6.1 en 2014.

Sin embargo, aun cuando en seis ocasiones se incrementó su presupuesto. Inició con 9 mil 586.9 millones de pesos en el año 2000 y pasó a 66 mil 306.8 millones en 2014; no se observaron impactos significativos en la reducción de la pobreza. En 1990 el registro de pobreza ascendía a 46 millones de personas, en 2012 fue superior a 53 millones.

Ahora, lo que considero de suma importancia en el caso de Prospera es que por primera vez es transversal y que requiere la coparticipación de la ciudadanía, toda vez que se ha perdido la contraprestación.

Entonces, se requiere que la sociedad tenga mayor capacidad para organizarse y para trabajar en su conjunto, de esa manera y haciendo tejido social es como se podrá obtener mayor beneficio de Prospera. De aquí que la política social en el mundo ha migrado de políticas asistencialista a políticas de desarrollo.

Frente al escenario actual resulta muy acertada la inclusión de los jóvenes en este programa y, en todo momento, termina siendo una respuesta comprometida a una deuda muy importante que ha tenido el Estado Mexicano con ellos.

Más allá de las becas a las que pueden acceder los jóvenes con su inserción a la universidad, con ello también pueden beneficiarse de programas para renta de vivienda, pero además lo que es determinante para este sector poblacional es el incremento en la cobertura de los servicios de salud.

Con esto, por ejemplo se podrán asistir algunos de los problemas que afectan gravemente a nuestros jóvenes, tal es el caso de la depresión, el suicidio, adicciones y el embarazo temprano. Oportunidades dio resultados positivos al alcanzar mayores niveles de capital humano en los integrantes más jóvenes de los hogares.

De ahí que lo fundamental, claro está, sea su inserción a la vida económica a través del Servicio Nacional de Empleo, la vinculación e inclusión productiva, entre otros.

Pero, definitivamente, tenemos que ser muy estrictos en analizar los indicadores de evaluación del programa. Ese será un reto, el poder medir cuál es el avance y no esperar a que pasen tantos años para tomar una decisión, sino que puedan construirse progresivamente los indicadores necesarios para ajustar el programa oportunamente.