¿La tecnología está derrotando a las humanidades?

Ante la evidencia del auge del comercio, las ciencias, la industria y la técnica, hay que sumarle, en los últimos años un nuevo factor, imprevisible hace un siglo y medio: el avance de las nuevas tecnologías. Los filósofos que heredaron la preocupación por este asunto no parecieron alarmarse cuando el fenómeno de aquellas brillantes tecnologías y recientemente con los ingenios digitales que irrumpen progresivamente en la vida cotidiana de todo el orbe. La inocencia con la que se recibió ese alarde del progreso técnico- científico se ha transformado, ya en nuestros días, en una preocupación —solo para algunos, este es el problema—, sin que se atisbe la posibilidad de alcanzar alguna solución.

Estamos ya, propiamente, en lo que se denomina la era poshumana, en el bien entendido que nos hallamos en que aquí la persona no es más que una nadería nostálgica, un recuerdo de tiempos pasados en los que filosofía, religión, moral y estética otorgaban a esa palabra un valor casi tan alto como el que definía la divinidad.

Esto nos lleva a analizar otros factores, como el descrédito de las humanidades en las universidades de casi todo el mundo: la religión ha perdido adeptos en todas partes, y con ella han desaparecido los referentes trascendentales que actuaban, con sordina pero con eficacia, en todas las sociedades y sus cultos; los nuevos estilos musicales, imprescindibles para los jóvenes en sus momentos de ocio, han venido a suplantar el carácter casi sagrado de la música sinfónica; el uso universal de los teléfonos llamados inteligentes rebajan sin pausa la capacidad de aquellos que podrían dedicar su ocio a cualquier otro tipo de actividad, y destierran la conversación, además de haber provocado la desaparición de las áreas de privacidad que tanto convienen al ser que piensa y actúa.

El descrédito de la lectura anula esa posibilidad: de que exista  un imaginario subjetivo, en beneficio del llamado imaginario colectivo. Casi no existe la operación de discurrir en primera persona, sin atisbo de crítica; el mercado laboral es ya  de carreras consideradas productivas y utilitarias y poco de las profesiones en las que el saber humanístico podría multiplicarse y difundirse, como es el caso de la educación. No podemos tener la certeza de que tal estado de cosas vaya a cambiar en favor de un lugar honroso para las humanidades.

Seguirá habiendo filólogos, artistas, historiadores y filósofos; conoceremos más escritores y lectores. Recordemos en una diluida esencia humanística, el canto universitario de la antigua Europa, Gaudeamos Igitur, que dice en un verso: ¡Viva nuestra sociedad! ¡Vivan los que estudian! Que crezca la única verdad, que florezca la fraternidad y la prosperidad de la patria.