Cuando los salones de clase se quedan vacios

Es frecuente que en algunas instituciones educativas públicas de nivel superior se presenten diversos problemas que lleven a los estudiantes a confrontarse con las autoridades. Es válido que en el joven  manifieste inconformidad y busque la fórmula que mejore su carrera y egrese con una alta dosis de conocimientos y prácticas de acuerdo a las exigencias del mundo laboral.

Pero ello de ninguna manera , llegue a la suspensión de clases,  las llamadas “huelgas” –término reservado a la clase trabajadora- que se utiliza como medio de presión para que las autoridades escolares o de gobierno decidan a favor de sus exigencias.

Cada día de clase perdida es irrecuperable y es un costo improductivo para el erario. El personal docente y administrativo sigue devengando su sueldo y cómodamente se van a la neutralidad y se dedican a atender asuntos ajenos a su profesión.

La suspensión de clases por causa de líderes estudiantiles es un fuerte atentado a los proyectos gubernamentales por dotar al país de profesionales competentes; basta un pequeño grupo organizado y cohesivo, digamos, de cien personas,  que impongan su voluntad sobre  miles de sus compañeros que se quedan en calidad de espectadores, sin atreverse a desafiar a quienes llevan la batuta en su movimiento.

Toda solicitud o exigencia de mejora académica es bien vista y merece respeto, pero sin atentar con la vida  escolar. Las materias de una  carrera normalmente llevan rezago respecto a los avances en el calendario, pero con la suspensión de clases todo lo avanzado se va al traste. Las horas fuera del aún la son un desperdicio de tiempo colosal,  y no existen acciones alternativas para seguir impartiendo  las clases porque no se preparan  para ello.

Es correcto que las autoridades de cualquier nivel atiendan  las solicitudes de mejora, por la vía que proporciona la vida democrática de las instituciones, pero una petición se vuelve crítica cuando se abandonan los salones, y más todavía, cuando esas autoridades les conceden a los estudiantes la calidad de representantes de toda la institución, cuando no es así, pues, ¿quién los nombró?.

Las autoridades ceden terreno y los jóvenes se crecen, al grado de tratar de imponer su voluntad, a veces caprichosa y arbitraria, como pedir el cese de la jefatura, rectoría o dirección del plantel, que ha estado cumpliendo con su función. Y se debilita cuando esa autoridad escolar no impone el reglamento y las exigencias académicas en vías de mejores egresados, por temor a represalia.

¿Quiénes pierden ante una escuela pública de mil o 50 mil estudiantes?  En primer lugar, pierde el país, porque no se está ejerciendo un presupuesto de manera eficaz y  productiva; también pierde la institución educativa por el deterioro de su imagen ante el mundo laboral, y finalmente el estudiante, pues ¿quién contrataría a un ingeniero, a un médico o a un abogado que se queda semanas o meses fuera del salón?.

Muchos adultos hemos sido si  no testigos, por lo menos nos hemos adentrado en los conflictos académicos de otros países, en donde el estudiantado se manifiesta para exigir la modernización y actualización de los planes de estudio, exige mejores maestros, pero  regresa a la escuela, sin faltar un solo día a clases y sin haber hecho destrozos en la vía pública  ni afectar la propiedad privada o gubernamental.

¿Qué sucede en México, entonces?  ¿No es verdad que nuestro nivel educativo es muy bajo, comparativamente?   Con los salones vacíos… ¿Vamos a mejorar?