¿Es racional el abstencionismo electoral?

Por más propaganda en pro de votar en México, las estadísticas señalan que no hay un incremento substancial en los promedios por municipio, estado y país.
Antes de que se fundara el IFE, ahora INE, las elecciones las organizaban… los mismos que servían al sistema político; las credenciales de elector las firmaba… el secretario de Gobernación y eran los “colegios electorales”  los que avalaban la “legalidad” de las votaciones.
La misma prensa “libre” pregonaba una hora después del cierre de casillas los  triunfos “inobjetables” del poderoso y aparentemente inamovible partido que fundó Elías Calles, no para  fomentar la democracia, sino para ejercer un control absoluto con cero pluralismo; de esta manera, los grandes mexicanos quedaban fuera del círculo porque su pensamiento era libre.
En esas condiciones, votar equivalía a hacerle el juego a una maquiavélica maquinaria que intentaba dar apariencia de elecciones libres y respetuosas, por lo que se justificaba hasta cierto punto, el abstencionismo. El elector no era adivino, pero ya sabía quién iba a ganar.
Gracias al empuje vigoroso y tenaz de varios políticos de oposición, se fue abriendo el acerado círculo del poder de un sistema calificado como “la dictadura perfecta” por un escritor sudamericano… dicho en las narices de los mismos artífices del statuo quo, y se empezó a respirar otra atmósfera con los triunfos de los partidos de oposición que presionaron por nuevas leyes electorales que creaban un organismo independiente.
Aun con esta apertura, sigue el abstencionismo, en general. Ahora achacado a la falta de credibilidad en los partidos y a la baja calificación a los políticos.
Pero un politólogo llamado Anthony Downs afirmaba desde 1957 sobre la racionalidad del voto, que la abstención podría ser una conducta racional para un individuo en ciertas circunstancias .
El primer cálculo básico que todo elector hace, consciente o inconscientemente, es si el costo inmediato de ir a votar (en términos de tiempo, esfuerzo y dinero para empadronarse y sufragar, así como el costo de oportunidad de hacerlo) es menor al beneficio  de corto plazo esperado (si triunfa un partido sobre otros). 
Cuando el costo calculado es mayor al beneficio, puede ser racional no ir a la urna.
Cuando hay algo de ganancia, el elector vota. Es el llamado “voto duro”, aunque luego secretamente se avergüence de aquéllos por los cuales votó, cuando los ve perseguidos por la justicia. 
También existe el “voto duro” de la oposición perdidosa: 
El votante sabe que no hay beneficio pero ve en el futuro una ganancia en el sentido ciudadano… y esto lo celebra, si vive  para gozar de los tardíos triunfos. 
Lo cierto es que si el ciudadano no vota, la democracia sufrirá un colapso y el riesgo será el que, sin políticos competitivos, sobrevenga otro sistema de gobierno. Como decían nuestras venerables abuelas: “Dios nos agarre confesados”.