Juventud y migración en México


Una de las evidencias del fracaso en lo económico y social de los países es la emigración forzosa de sus habitantes; en algunos países es tan grande que literalmente se están vaciando especialmente de su juventud.  Así tenemos a Guatemala, El Salvador, Honduras cuyos trasmigrantes  forman ríos humanos sin cesar, porque en sus respectivos países no existen las oportunidades mínimas, especialmente para los jóvenes con escasos estudios.

El fenómeno no solamente es Latinoamericano, sino  que lo es a nivel global, agudizado en los países de África del norte de donde  huyen cruzando el Mediterráneo en endebles embarcaciones y que son rescatados por razones humanitarias por los países cercanos a su localización, pero sin posibilidad de admitirlos de manera permanente.

Las migraciones se dan por motivo de subsistencia y de seguridad, pero no existen países dispuestos a promover el ingreso de ellos, salvo excepciones ejemplares como la que está dando Uruguay, país que se encarga del traslado, acomodo y adaptación de familias sirias que buscan salvarse de la guerra interminable que provocan los grupos radicales. 

Pero México es también un problema global por ser uno de los mayores expulsores de personas, con 12 millones radicando en los Estados Unidos según datos del CENAPRO en 2010; ahora esa masa poblacional ha crecido a 33 millones por la procreación.  En ese año, 4 millones componían a jóvenes entre los 12 y los 29 años.  Los estados con mayor cantidad de emigrantes son Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Zacatecas, San Luis Potosí, Durango, Aguascalientes, Nayarit y Colima; entre ellos se concentra la mitad de los que se han ido. Según datos del INEGI, solamente de Guanajuato salieron en 2010 casi 120 mil personas hacia los Estados Unidos, casi el 10% del total. En el mismo año, salieron de Tamaulipas poco más de 21 mil y quien registra muy poco emigración son Campeche, Tabasco, Baja California Sur y Quintana Roo.

Para los países de los cuales emigran sus habitantes, especialmente los menores de 30 años, es una verdadera catástrofe social porque se trata de una clase de población que se encuentra en su mejor fase de productividad; es un capital humano irrecuperable  por los casos mínimos de regreso al país, sin considerar el problema de desintegración familiar y la angustia permanente de los que se quedan.