Don Luis, el decano de la política mexicana

En este día se velan los restos de don Luis H. Álvarez, uno de los hombres que fincaron las bases de la democracia en México, en cuanto trabajó para ofrecer opciones políticas a los ciudadanos.

Hizo suyo el lema de luchar en brega de eternidad porque los mexicanos recapacitaron sobre la importancia de la alternancia en el poder político y evitar así la “dictadura de partido”.

No fue fácil ese trabajo a sabiendas de que los cambios requieren tiempo, sacrificio y compromiso; el ideal: un México mejor, desprovisto de egoísmo, oportunismo y odio.

Nunca hizo nada buscando a ver qué le tocaba en la repartición de un poder que estaba lejos y prácticamente inalcanzable en su momento; tampoco cuando ese poder llegó ante el despertar de la conciencia ciudadana.

De todos los mexicanos vivos o no en el contexto político, fue el de más larga trayectoria, considerando que ya en 1957 estaba recorriendo el país en busca del voto por la presidencia de la república: hace casi 60 años, cuando un alto porcentaje de los mexicanos de hoy… ¡no habían nacido!

No sólo ofrendó su tiempo, esfuerzo y largo caminar en busca del despertar del mexicano a la democracia, sino que estuvo dispuesto a dar la vida misma hace 30 años, cuando se plantó en el kiosco de la plaza de armas de Chihuahua en huelga de hambre, protestando por lo inequitativo del proceso electoral para la gubernatura de su estado, siendo él alcalde con licencia de la ciudad capital. Fue una abstinencia autentica de 40 días y hubiese finalmente muerto, a no ser por las miles de voces que le pedían desistiera. Por carta abierta de una plana en la prensa de la ciudad de México se lo pedía Diego Fernández, y el propio gran luchador social Heberto Castillo, fue personalmente a pedirle que no terminara con su vida así, que más bien la entregara “en abonos”.

Don Luis nunca provocó al pueblo a la rebeldía ni a actos de violencia; en ese sentido era un especie de Gandhi mexicano; tampoco profirió insultos o amenazas a los gobernantes; dejó que el tiempo y la opinión pública dictara su propio veredicto.

En el panorama nacional, dicho por todos los dirigentes de partidos, ganó el calificativo de hombre respetable y respetado. Hizo valer lo que debe significar la autoridad moral.