La Cueva de la Hidra

La vida no vale nada

Cada vez que nos ocupamos de un tema como Tlatlaya y queremos profundizar, otro más cruento o más violento surge de manera más burda o más deleznable que atemoriza más a más personas. Casi imposible seguir el curso de un sólo asunto. Vamos de lo local a lo nacional y a lo internacional sin detenernos. Trampa de la dinámica mediática que nos impide bajar la lupa a una sola cuestión. Siempre hay otros hechos que llaman más la atención y que el oficio obliga a dar cuenta de ellos.

En relación a lo ocurrido con los estudiantes de Ayotzinapa, secuestrados, torturados, masacrados y muy probablemente quemados, de acuerdo a lo que se ha logrado saber, poco se ha analizado acerca del perfil de los sicarios, de los matones que acribillaron a los jóvenes normalistas que sin deberla ni temerla pagaron no sabemos qué cuentas, a quien ordenó su muerte. Lo cierto es que las bestias que lo hicieron deben ser objeto de estudio, de disección, pero sobre todo de un castigo ejemplar. También ha de revisarse el papel de sus familias, lo mismo que el de una sociedad que indiferente y omisa en la educación de sus hijos produce estos chacales.

Los animales matan para comer, para defenderse o proteger a la manada ¿Estos asesinos por qué lo hacen? ¿De qué están hechos? ¿Qué los mueve? ¿Quiénes son los padres de los matones? ¿Cómo crecieron? ¿Tienen amigos o sólo compinches de sus crímenes? ¿Quién les ordenó la masacre? ¿Por qué? ¿Cuánto les pagaron? ¿Quiénes son sus jefes? ¿Qué hay en el fondo? Las preguntas son más que las respuestas.

Podríamos aventurar una hipótesis: en una sociedad marcada por el tener, el consumismo y la exaltación de los criminales como héroes de películas, de corridos que generan estilo, moda y cultura, qué se puede esperar. Lo que les importa a estos individuos es contar con dinero fácil e inmediato, producto de las vidas segadas. Se sabe que muchos de ellos frecuentemente dicen "más vale cinco años de rey que cincuenta de...". Ese es su paradigma. El florecimiento de una sociedad en la que la pérdida absoluta de principios y valores, producen una geografía de sangre. Que falta hacen madres y padres de familia que orienten a sus hijos y que no sea la tele, la nana o el maestro de la violencia, la que lo haga. Que falta hacen los maestros respetables, preparados, vamos, capaces de enseñar con el ejemplo. Estamos inmersos en un modelo de vida que hace agua, en el que la mentira, la simulación, el engaño, la violencia, la corrupción y la impunidad son los antivalores que rigen. Que miedo, que vergüenza, que dolor que la vida no valga nada.