La Cueva de la Hidra

Hasta pronto José Emilio

“A vivir y a morir hemos venido para eso estamos” JEP

El poeta y traductor Guillermo Fernández me presentó a José Emilio Pacheco, hace años. Comíamos en el Pasaje Génova de la Zona Rosa, por aquellos años el lugar obligado de encuentro. En otra mesa estaba José Emilio, solo, leyendo. Con el tiempo sabría que para él tener libros –poseerlos– era su pasión. Los leía, los estudiaba, los amaba, los hacía suyos. El pensamiento y la palabra fueron su proyecto de vida, a ellos se entregó. Aquél día me sorprendió su sencillez, parecía que quería pasar inadvertido, pero a pesar de ello, eclipsaba. Atrás de sus gruesos anteojos se escondía. Me identifiqué con él. A partir de entonces seguiría su obra.

Su poesía, su prosa, el periodismo y la traducción que ejerció desde joven fueron impecables. Tenía una voz definida, comprometida y una postura propia sin estridencias ni excesos; así lo demostró siempre. En 1968 quedaría constancia de ello, no sólo en su actuar sino en el poema "Siempre", escrito con motivo del movimiento estudiantil de ese año. Sólo recordar algunas líneas de aquel texto: "El llanto se extiende/gotean las lágrimas/allí en Tlatelolco..." "...el olor a sangre mojaba el aire".

José Emilio, espléndido representante de la generación de medio siglo, junto con Salvador Elizondo, Carlos Monsivais, Juan García Ponce, entre otros autores entrañables, de quienes nos acompañan su obra y sus cenizas, sería para los que vendrían después, ideal e inspiración, no sólo literaria sino de forma de vida y manera de ser. Tal sencillez, la volvería a encontrar en la poeta Dolores Castro.

José Emilio concluyó, como todos los viernes, su columna semanal Inventario que publicaba en la revista Proceso. La escribiría horas antes de morir. Sería sobre "La Travesía de Juan Gelman", también desaparecido recientemente, la dedicaría a los 80 años de Gabriel Zaid. Más tarde caería inconsciente, de acuerdo a lo que se sabría después, en su estudio, entre sus libros, con su poesía. Quedó ahí, fiel a sí mismo, en la paz de su mundo. Después vendría el hospital y el final.

Los que habitamos este lado de la frontera seguimos peregrinos del desierto. Que soledad, que soledad en las letras mexicanas queridísimo José Emilio. Se han ido tantos en tan poco tiempo. Quién o quiénes darán la batalla cultural en este extraño nuevo siglo que a ratos parece un mundo desconocido al que no pertenecemos. Uno de tus libros sentencia "Irás y no volverás", sin embargo no será necesario, te alcanzaremos.