La Cueva de la Hidra

Ya merito

Sumidos en las tribulaciones propias de la agenda de problemas cotidianos, los mexicanos volteamos a ver los Juegos Olímpicos, sedientos de triunfos, de esperanza, de una posibilidad de un transcurrir unos días de manera diferente. La contienda en la pista, en la alberca, en el cuadrilátero o en la cancha enfocan la mirada en la delegación nacional, de la que doce deportistas son mexiquenses, la mayoría en pruebas de atletismo, remo y box. Sabemos que la cosecha de medallas para los nuestros será escasa, pero pudiera ser que nos diéramos el gusto de echar porras, ondear nuestra bandera, mirar que nuestros compatriotas mejoran y seguir asombrándonos con los atletas del orbe que cada día son más fuertes, más rápidos y llegan más alto. Pero ante la cruenta realidad de no ganar ninguna medalla, la sensación de fracaso, de frustración, detona emociones, de suyo adversas, y se ve todo más negro, lo que influye en el ánimo social, que más que nunca se requeriría positivo.

A poco que se observe, se podrá advertir que los países altamente desarrollados o los no tanto, pero en los que sus juventudes son lo primero, destacan, logran medallas, la organización deportiva los impulsa, no inhibe, se les apoya, de ello se hace cultura, política pública y meta común. Cómo es posible que en matemáticas, robótica, mecatrónica y otras disciplinas técnicas, nuestros niños y jóvenes compiten y ganan, y en los deportes olímpicos no. ¿Dónde quedaron los atletas de alto rendimiento, querer ser un héroe olímpico ganador de una medalla?

"Le faltó un pelito" para colocarse -se dice de nuestros atletas-, el cuarto lugar nos resulta familiar, -pareciera que ese es nuestro posicionamiento-, seguro a la próxima se logra, todavía no se acaban los juegos, por ahí pudiera caer una medalla; y después de todo esto, viene la búsqueda de culpables, los resultados obligan a ello y nos comunican que la situación del deporte olímpico, requiere de cirugía mayor.

Profesionistas diversos, investigadores, maestros, creadores, políticos, empresarios, campesinos, trabajadores, jóvenes estudiosos, mujeres esforzadas y familias que han hecho del Estado de México una entidad de seres humanos determinados a no dejarse vencer por las adversidades –muchos vienen de fuera–, hoy están azorados.

A nuestros atletas algo les pasó y a los espectadores esperanzados nos llegó la depresión olímpica, cansados de los famosos pretextos: sólo faltó un poquito, los jueces son mala onda, ya merito y lo lográbamos, lo que no ha alcanzado para ser unos triunfadores.