La Cueva de la Hidra

La barbarie

Al grito de "son secuestradores, son secuestradores", los pobladores de la comunidad de Santiago Atlatongo, municipio de Teotihuacán, Estado de México, lincharon a un hombre y a una mujer, originarios de Guerrero; el tercero vivió gracias a que lo dejó libre un policía, de acuerdo con lo que se ha sabido. Posteriormente, José Manzur, Secretario de Gobierno de la entidad confirmaría que estos sujetos efectivamente eran secuestradores. Se había detenido a 18 personas del lugar a fin de investigar lo ocurrido y al día siguiente los liberaron. Hasta aquí lo más relevante de los hechos conocidos, pero acerca de los motivos más profundos de quienes lincharon a los presuntos secuestradores en una comunidad donde la ley y la justicia ya no significan nada, no sabemos.

Ya ocurrió en San Juan Ixtayopan, en el entonces Distrito Federal, en Ecatepec, en Puebla con los jóvenes encuestadores, en San Juan Chamula. Ha sucedido en otras entidades, antes. De unos casos se sabe por la resonancia en medios, de otros no. Lo cierto es que en un estudio de la Universidad Autónoma Metropolitana se consigna que en los últimos 20 años, 50 por ciento de los casos de linchamiento han ocurrido en la CDMX y en el Estado de México.

Así las cosas, el Estado de Derecho que nos define es hoy solo una referencia teórica obligada en discursos y artículos como éste, pero en el día a día ya no rige el actuar de algunos ciudadanos y autoridades que imparten justicia. Ante la evidencia que no pocos delincuentes quedan libres y la impunidad campea, hay quienes han optado por hacerse justicia por mano propia, pasando así a ser tan delincuentes como aquellos a los que linchan.

La ley está cada día más trabajada, estudiada y hasta precisa, pero para los sujetos, objeto de ésta, está dejando de importar. Cuando el resentimiento es tanto, como en Atlatongo, pasan por encima de la ley y dan rienda suelta a su ira, a su enojo, a su frustración, a la nunca superada lucha de clases, y actúan como animales salvajes, que en una "borrachera justiciera, de revancha y sangre", enloquecen y asesinan. Así, hemos pasado del Estado de Derecho a un estado de confusión, en el que la razón y la ley son omisas en actos deleznables como el linchamiento, el secuestro y otros delitos. Les quitan la vida a dos seres humanos presuntamente secuestradores, sin mediar un proceso; quienes participan en el linchamiento, se cobran cuentas pendientes.

La comunidad se erige como ministerio público, peritos, jueces y verdugos. Es la agenda de agravios, de necesidades viejas y de "sed de justicia" sin satisfacer, la que se impone y actúa.