La Cueva de la Hidra

La Vida en Rosa

Rosa es la entraña de musulmanes y de franceses, de libios e iraquíes, de africanos y de americanos, de europeos y de asiáticos, de rusos y de indígenas. Debajo de unos milímetros de piel la entraña humana es igual, no hay diferencia de religión, de región, de ideología, de poderosos o sometidos, de belicosos o pacíficos, solo carne de seres humanos abierta, expuesta a los cuatro vientos como testimonio de la barbarie de una guerra de intereses y de extremismos.

Ante la lucha mundial que se gesta en el mundo occidental por los atentados terroristas de ISIS del 13 de noviembre en París, con el estado de guerra que se vive en Irak, Libia, Siria, Angola, Nigeria, Turquía, además de la permanente zona de conflicto de Palestina e Israel, y una vez unidos en un frente bélico antiterrorista, Francia, Estados Unidos, Rusia y otros aliados, pareciera ser que la paz no tiene cabida, que el diálogo ha sido sustituido por las armas, y que se ha iniciado el camino sin retorno de la guerra.

Son casi 4 mil personas las que han muerto durante 14 meses de bombardeos rusos a comunidades sirias para combatir a los opositores de Bashar Al Asahad y, recientemente, al Estado Islámico. Se trata de conflictos incubados muy atrás que se dejaron crecer en lugares donde los intereses fomentaron el odio y la venganza, situación que le ha ganado la partida a la vida, a la conciliación y a la esperanza. Para qué entonces los esfuerzos de políticos, de grupos de inteligencia de los países poderosos, de los cuerpos de élite, las negociaciones, si habíamos de llegar a este capítulo de la historia.

A los habitantes de todos estos pueblos los parieron mujeres desde una entraña rosa. Las preguntas que surgen, entonces, son ¿desde su vientre los enseñaron a amar? De entre estas mujeres, las que han vivido en condiciones de violencia pudieran haber engendrado odio, resentimiento, sed de venganza ¿Tuvieron oportunidad de mostrarles a sus hijos el camino de la vida o de la muerte?

Jefes de Estado como Francois Hollande, Vladimir Putin, Barack Obama, Bashar Al Asahad y otros a quienes hoy toca vivir momentos decisorios de la historia de la humanidad y la civilización, una mujer debió mostrarles el camino de la vida, pero se sabe de cierto que los jefes de Estado hacen lo que les toca hacer para proteger a los suyos –si solo fuera así– pero la opción bélica y las tácticas destructivas, a toda vista, nos llevan indefectiblemente a una narrativa de barbarie cuyo final nadie conoce.

Sin la reconciliación entre la fe y la razón, entre los intereses y la justicia, el mundo se está desgarrando.