La Cueva de la Hidra

Nacido un 24 de Diciembre

En un callejón apartado de ciudad Neza, un hombre recoge algunos periódicos para preparar un lugar tibio donde dará a luz su mujer. Es la noche del 24 de diciembre. Llegaron de Michoacán en busca de familiares que habían venido a poner una paletería. Pedían posada porque allá donde vivían, "se estaban muriendo de hambre" y la guerra entre las autodefensas no garantizaba que María, su mujer, viviera para dar a luz. Al llegar, no encontraron a nadie dispuesto a ayudarles. En donde tocaron no les abrieron. Él, acercó un poco de calor a su mujer en aquella noche fría. Hizo una fogata. La tapó con algunos jirones sucios de tela que encontró, alguien le dio agua y se dispusieron a esperar. Sólo la luz de la luna llena los acompañaba.

Una patrulla pasaba por ahí. Los ocupantes se dieron cuenta que algo ocurría al fondo del callejón. Les llamó la atención. Uno de los uniformados señaló a la pareja que en el municipio había donde parir. El esposo, de nombre Pepe, le contestó al policía que ninguna clínica los recibió porque no estaban afiliados a institución alguna. La llegada del niño era inminente. Su mujer ya tenía los dolores. Ante tal circunstancia, los agentes se conmovieron y alumbraron con las luces de su patrulla el rincón, así el esposo pudo ayudar a su mujer en el parto. Los hechos despertaron el interés de algunos vagos, pordioseros y trasnochados, y de un par de perros callejeros. En medio de la difícil circunstancia de la pareja y de los muy pobres que los acompañaban nació un hermoso niño. Los presentes con un nudo en la garganta se arrodillaron y le cantaron con una voz aguardientosa una canción que intentaba ser de cuna. Una mujer con muletas que dormía en la calle llegó con una cobija y se las dio. Otra que vendía tortas y quesadillas les acercó comida. Un albañil, un brasero. Los policías informaron de los hechos. Al día siguiente una radiodifusora daría cuenta del singular nacimiento y que ningún servicio de salud atendió a María. El hermoso niño se unía a las filas de los olvidados por los poderosos y los indiferentes. Las redes sociales ni se ocuparon. Sobrevivieron, sin embargo. El niño crecería y alegraría aquél callejón al que llegaron buscándolo un estudiante del Poli, un poeta y un artesano que le regalarían ropa hecha por mujeres guerrerenses, un poema y su cuna.

Al ir creciendo, el pequeño Jesús, que ese nombre le dieron, empezó a defender a los que no tenían nada, a los olvidados, a las mujeres solas, a los drogadictos. Se convirtió en una esperanza para la buena gente del callejón que esperaban a que creciera.

Feliz Navidad queridos lectores. Gracias MILENIO Estado de México.