La Cueva de la Hidra

Mujer que habla latín

Desconozco si mujeres que admiro por su valor, su trabajo cotidiano, su determinación de aprender y crecer y por su minucioso afán como Obdulia, Martha y Chuy Colula, como Toña o Mari, como Nati o doña Cástula, que ayudan con los trabajos domésticos de los hogares de muchas otras mujeres con otro tipo de desempeño se enteraron que el sábado pasado se celebró el Día Internacional de la Mujer. Ellas no estuvieron en el presídium de ningún evento de relumbrón ni participaron en ninguna deliberación sobre el tema. Estas mujeres siguieron con su rutina en las casas en las que trabajan como empleadas domésticas; luchan por el futuro de sus hijos, de sus vidas, realizando tareas necesarias en los hogares que con su esfuerzo solidario le facilitan a otras mujeres salir a trabajar a las empresas, a los gobiernos, a las escuelas; a hacer medicina, a dar clases, a hacer ciencia, a prestar servicios independientes o bien a escribir en la prensa. Las mujeres que quedan en casa y viven una doble jornada como empleadas del hogar y como madres de familia ennoblecen el ser mujer, el ser trabajadoras y el ser madres. Para ellas no hubo un homenaje explícito el sábado, a pesar que el origen de la celebración del Día Internacional de la Mujer es reconocer a las mujeres comunes, principalmente, además de aquellas que han luchado por sus derechos y participan destacadamente en la vida pública del país.

En México, la ley protege a las servidoras del hogar y a sus hijos en sus derechos laborales. Inscribirlas en el Seguro Social es obligatorio y un deber ético. Así debe ser, sin embargo, faltan muchas de ser inscritas. El esfuerzo para que las alcancen estos derechos y las políticas públicas de equidad de género se ha incrementado pero el empeño sigue siendo insuficiente. Los programas sociales de apoyo destinados a ellas y la obligatoriedad de sus derechos son ya una realidad, la meta debe ser que lleguen a todas.

Agradecer a quienes mantienen funcionando la vida de nuestros hogares es imperativo. Sin ellas no podrían marchar nuestros asuntos; hacerlo también con las abuelas y las hermanas que se quedan en casa al cuidado de los hijos de las madres trabajadoras y que en este país suman el 42 por ciento es un deber. Ser mujer y ser trabajadora, actualmente, son sinónimo de una misma realidad.

El techo de cristal se está rompiendo a fuerza del reconocimiento de la valía, de la propia autoestima y de la lucha cotidiana que a sus vidas impone la incorporación plena de las mujeres a la vida productiva, política y pensante del país; de ser y hacer mancuerna con otras para que así sea, a fin de llegar a hablar todas la misma lengua: la de la equidad.