La Cueva de la Hidra

Libre

Luis González de Alba no se olvida

Que larga se me hizo la semana para escribir sobre la muerte de Luis González de Alba. El domingo que publico mi colaboración en este diario, él se quitaba la vida. No había tiempo para escribir. Empezaba el duelo, dolerse por su ausencia, la que habitaremos en libertad y en defensa de ella.

Luis González de Alba fue libre hasta el final, no se sometió a la cárcel de la enfermedad y el deterioro que inmoviliza. Nació a la dirigencia del Movimiento Estudiantil de 1968 en julio de ese año, lo registrarían los medios de comunicación de la época cuando lo capturaron en el edificio Chihuahua en Tlatelolco y lo golpearon y llevaron preso a Lecumberri el 2 de octubre, por tres años. Murió el 2 de octubre de 2016, 48 años después; no podía ser de otra manera. Ese fue su grito, ese fue su mensaje. Tomó la última decisión sobre su persona sin involucrar a nadie, sin queja ni expresiones plañideras: valiente como había sido, lúcido, dueño de sí, congruente con su actuar en la escritura, en la investigación, en la creación de espacios de debate, nos mostró el camino de la libertad. Soy una más de quienes lamentan su pérdida y reconoce en su postura crítica, sin concesiones, sobre la vida, la cultura, la lucha gay, las izquierdas, una voz única. Se ocupó de los temas fundamentales de nuestro tiempo.

Un día le dije a mi mejor amigo que Elena Poniatowska falseó a Luis González de Alba, autor de Los Días y los Años, el libro testimonial del 2 de octubre y del movimiento del 68. Poniatowska en su Noche de Tlatelolco alteró los contenidos, los hechos. No estuvo el 2 de octubre en Tlatelolco. Solapada en su prestigio como escritora y en su carita de yo no fuí, lo hizo. "Tiempo después, la demandaría por estas razones".

Junto con Gilberto Guevara Niebla, Roberto Escudero, Raúl Álvarez Garín, Marcelino Perelló y otros más encabezó El Movimiento, el que se iniciaría en la Vocacional 2 del Politécnico. Los universitarios, los politécnicos, los estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología, la de Agricultura y más, entendieron que había llegado la hora de gritar fuerte, de hacerse escuchar por los dueños únicos de la verdad que en las familias, en las escuelas y entre las autoridades se dictaba de manera autoritaria. La voz de los jóvenes no se escuchaba, así escaló el conflicto. Tenían que hacerse oír. Nunca fueron tan libres como entonces. Cambiaron la historia.