De monstruos y política

Una salida constitucional a la crisis

La protesta sin visión alternativa es un espejismo. La inmensidad de las manifestaciones puede convertirse en un gigante con pies de barro, sin organizar no solo la meta, sino presentar una estrategia que involucre a miles más.

Se necesitan 500 mexicanos en las elecciones de 2015 para hacer una mayoría en la Cámara de Diputados. Se necesitan 500 diputados de la nación, unidos por la necesidad de una nueva Constitución, surgidos de una convención ciudadana y respaldados por una coalición de partidos.

La crisis del sistema de partidos tiene como valor los registros legales para que los movimientos accedan a una salida constitucional, convirtiendo las manifestaciones de hoy en una gran fuerza transformadora en lo político y económico.

Que vayan los mejores de cada región en los 300 distritos y las listas plurinominales para derrotar al PRI y sus aliados en el terreno donde se deciden las cosas. A contra B es superior a solo decir NO, sin programa alternativo.

Se requiere votar por ellos para botar la violencia de Estado, la corrupción estructural, el entreguismo de los recursos naturales, la concentración de la riqueza. Para botar lo malo hay que votar por una mayoría legislativa surgida, no de los acuerdos de intereses de grupos, sino por los que hoy reclaman justicia.

Se necesita no perderse entre las ramas para ver el bosque, pues la salida ante el desprestigio del viejo régimen restaurado, incapaz de unificar al país, es que hay que ver el bosque, y el arma es constitucional: las elecciones de 2015.

Así como existe un imaginario que ve la posibilidad de una revolución, el derrumbe de las instituciones, la caída de Enrique Peña Nieto antes del 1 de diciembre, otra habla de una “primavera árabe”, referendos de “se va o se queda”, y la que sería estructural pero de mediano plazo: una mayoría ciudadana en el Congreso para un Constituyente y una nueva Constitución.

Hasta hoy, pese al descontento y la indignación generalizada, el gobierno, el PRI y sus aliados fácticos se mueven en la crisis gracias a un factor: la desunión y la falta de una propuesta sólida como alternativa a la crisis. Las manifestaciones multitudinarias sin concepto que unifique se agotan, no crecerán y quedarán atrapadas entre la confusión de la represión y los provocadores, pero sin ninguna claridad.

La protesta sin visión alternativa es un espejismo, es morir de sed al pie de la fuente. La inmensidad de las manifestaciones puede convertirse en un gigante con pies de barro, sin organizar no solo la meta, sino el cómo llegar y presentar una estrategia que involucre a miles más.

En 1968 el gobierno aplastó el movimiento con la represión y la masacre del 2 de octubre, pero el asunto no era de fuerza: el movimiento tenía y representaba un programa democrático que la represión prestigió y acrecentó. Las fuerzas se multiplicaron por decenas de caminos y vías locales, regionales y nacionales.

Se está frente a un gran peligro, ante la debilidad de la indignación y la inexistencia de una propuesta que trascienda a la misma crisis de los partidos y su credibilidad. Enrique Peña Nieto buscará reinventarse como gobernante y desde el cuestionamiento casi generalizado de que el país está paralizado, invadido de corrupción y violencia, hará su propuesta para unificar en torno a una salida autoritaria y más de lo mismo.

Entre el vacío de una propuesta de salida democrática y de fondo a la crisis se intenta reestructurar la vía autoritaria.

Es el resultado de una restauración fallida que pretendió reformar para intereses minoritarios y legitimar el despojo: en días y semanas el país se vino encima y los más afectados son los que pretenden sobrevivir nadando de muertito.

Esta modernidad caótica se derrumba, pero nos tiene una mala noticia: nos aplastará si no existe propuesta y se impondrá el viejo orden de las instituciones decadentes.

La salida constitucional a la crisis es enfrentar la descomposición de las instituciones en las calles y en los espacios de decisión, como el Congreso, arribando sobre los escombros del sistema de partidos.

La debilidad máxima del régimen, ante su desprestigio máximo, son las elecciones de 2015 y que 500 mexicanos decididos los enfrenten en el Congreso con inteligencia y un programa: una propuesta para un país distinto.

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