De monstruos y política

El reto del PRD

El gran desafío de la nueva mayoría, es la inclusión y construir un partido unificado para combatir, proponer, debatir y enriquecer el pensamiento democrático.

Este partido es lo que se tiene y se ha construido a lo largo de estos 25 años.

En la política, la unidad a partir de lo diverso no se logra por decreto, menos por imposición, mucho menos sin crítica y autocrítica. En el caso del PRD, que surgió precisamente de una izquierda atomizada y dispersa, la búsqueda de la unidad ha sido un difícil reto, pues para unos el partido no ha sido medio, sino fin y muchos perdieron la dimensión de que un partido llamado a transformar el país no podía quedarse estancado en la disputa por posiciones e intereses de grupos.

Al nacer, el PRD fue convocado para transformar, para organizar y demostrar formas distintas de hacer política y de gobernar. Con mucho, la llegada del PRD a los ayuntamientos, a los gobiernos estatales, a las cámaras locales y federales y al gobierno del Distrito Federal, estableció en el país una nueva realidad política que se consideraba irreversible. Hubo cambios, pero también grandes errores.

En 2006, la izquierda en su conjunto tuvo todas las condiciones para ganar la Presidencia de la República, pero aunque hoy es difícil que se acepte, frente a estas condiciones extraordinarias para ganar, la estrategia que se llevó a cabo fue construir desde la propia candidatura una gran derrota.

No obstante, las condiciones para avanzar estuvo a la vista, en todos los terrenos: el programático, el político, el ideológico, pues nunca en la historia de la izquierda mexicana hubo una cercanía tan grande al triunfo (el famoso 0.06%) que pudo lograr grandes cambios estructurales a favor de la mayoría en un verdadero proyecto de transición, pues entre PRD y PAN se tuvo 70% de la fuerza legislativa. No se entendió que México quería cambiar, transformarse, ser parte de una revolución democrática, social y económica.

Nadie vio que este avance estaba principalmente en las condiciones de la debilidad oligárquica, pero que justamente el candidato no estuvo a la altura del momento histórico, haciendo de sus errores una ofrenda al viejo régimen.

Bajo el culto a la personalidad, el resultado fue desastroso: dejamos de pensar programáticamente, todo se centró en que el único objetivo era llegar a la Presidencia, sin importar ideas ni convicciones… y se hizo la gran noche de la izquierda mexicana y la pérdida de rumbo del PRD.

Desde el PRD se declaró “el fin de las instituciones”; se apostó al derrumbe del país, como ahora se le apuesta al PRD y a que el gobierno de Felipe Calderón caería… y no cayó. Por esa apuesta, la que cayó fue la izquierda, amurallándose en el NO y en la incapacidad para organizar la alternativa; se legitimó el sectarismo y el resentimiento social, sustituyendo la ideología del valor del trabajo.

En el Congreso, dejaron de corresponder las formas de protesta y de trabajo legislativo con la nueva realidad política y se abandonó la misión de generar reformas, basados en el estudio y la coherencia. El PRD se puso en el terreno que el control mediático quería para anularlo, no solo como fuerza en un sistema degradado, sino como opción y alternativa nacional.

No se puede hacer un balance de estos 25 años sin la tentación de externar un juicio sobre las elecciones internas de pasado domingo.

Más allá de que en general el proceso salió bien, nadie cuestiona la estructura actual de corrientes estructuradas que lleva al PRD al faccionalismo crónico.

Quizás muchos estén satisfechos con sus resultados como grupo y otros no; sin embargo, esa estructura solo sirve para repartir con base en los cultivos de poder, pero no para hacer del PRD un partido de nuevo tipo, para transformar al país. Esa estructura está totalmente agotada.

Aunque se haya electo nuevo Consejo Nacional, éste sigue rehén de los dirigentes de corrientes y no funciona como tal. Este sistema impide el crecimiento cuantitativo y cualitativo del PRD, pues obliga a la doble militancia y por tanto es excluyente para los que quieren militar en el PRD por una sola convicción partidaria.

Hoy el bloque de la mayoría electa tiene la gran responsabilidad de abrir el PRD y cambiar el sistema del cual surge. Lo tiene que hacer frente al flanco obscuro de los que buscan alimentarse del PRD y su estancamiento; de los que pese haber convivido un tiempo con la izquierda, no pueden identificar lo que es un enemigo principal y son incapaces de hacer causa común por el país.

El reto está a la vista frente al triunfalismo cómodo y el resentimiento crónico de los que se han beneficiado de los sistemas de minorías.

El gran reto de la nueva mayoría, es la inclusión y construir un partido unificado para combatir, proponer, debatir y enriquecer el pensamiento democrático. 

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