De monstruos y política

El otoño mexicano

La única estrategia posible es sumar fuerzas en torno a una propuesta unitaria que surja de la sociedad y obligue a los poderes de facto a un cambio estructural.

Ayotzinapa y sus causas son de naturaleza estructural. Son resultado de decisiones aplicadas desde hace por lo menos tres décadas. Derivado, hoy existen elementos nacionales de ingobernabilidad, fractura del sistema federal y pérdida de la integridad territorial.

México se encuentra ante una nueva disyuntiva histórica: democracia y justicia o salida autoritaria.

La visión autoritaria conservadora busca fortalecerse, ante el adelgazamiento de las fuerzas democráticas en el país; el desprestigio que anula las opciones electorales; la defensa de un sistema de partidos basado en la transferencia de fondos públicos a ganancias privadas de los monopolios mediáticos y el clientelismo; una movilización indignada pero sin rumbo, que reniega de la historia, que peligra ante la hegemonía de los que proponen la resta y la exclusión, contra la posibilidad de una propuesta que sume ante la crisis general.

El largo proceso mexicano de reformas políticas y económicas, aisladas y parciales, significaron avances en algunos terrenos, pero en otros profundizaron y agravaron los problemas nacionales. La transición se convirtió en naufragio.

Los parches a la Constitución se convirtieron en vacíos y desacuerdos que fomentaron en la estructura política, social y económica la ilegalidad, la corrupción y el crimen.

Los vacíos de poder acumulados, más la nueva imposición de los monopolios y la concentración de riqueza, han puesto en crisis al sistema político, la sustentabilidad económica, el estado de derecho y la soberanía nacional.

El orden constitucional ha sido roto. Se ha impuesto como forma de nuevo régimen un sistema corrupto, promovido y tolerado desde los más altos niveles de la administración pública, protegidos por la impunidad y un Poder Judicial infiltrado en todos los niveles de los organismos de seguridad del Estado.

En México se vive una profunda descomposición de las estructuras municipales, los 32 gobiernos locales y la administración federal, manifestándose graves problemas de gobernabilidad en todo el país. El municipio libre no existe más y el sistema de partidos para acceder a las formas de gobierno se encuentra en la misma situación.

El sistema de partidos, como sistema de democracia representativa, está agotado. En paralelo, la democracia participativa fue cerrada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación y para reconstruir la democracia representativa se necesita de la participativa a través del uso constitucional del plebiscito, el referéndum y la consulta pública, lo cual debería no solo ser ejercido con las leyes actuales, sino también agregado al Artículo 39 constitucional para hacerlo posible como un poder ciudadano práctico frente a los gobiernos fallidos y no una entelequia.

Para encontrar una respuesta a la dimensión de la situación real del país se requiere:

Un gobierno de transición. Un acuerdo nacional para una nueva Constitución.

Reconocer por todas las fuerzas sociales, civiles y políticas la severidad y generalidad de la crisis estructural que vive México.

Gobernantes, militares y policías han perdido la visión de que antes que protegerse a sí mismos su tarea es garantizar la seguridad de los ciudadanos y brindarles justicia a los ciudadanos primeramente.

Dado que en México el “crimen organizado” se organizó desde las entrañas del Estado autoritario y fue un pago desde el poder a los ejecutores de las guerras sucias, las políticas de contrainsurgencia y la represión a opositores, utilizando la impunidad como moneda, del cual nacieron las grandes mafias de la droga y la política mediática que somete y corrompe gobernantes a todos los niveles, toda la base legal y conceptual de la Seguridad Nacional y el sistema de justicia debe cambiarse.

Ante las claras muestras de ingobernabilidad en el país debido a que ni el Ejército mexicano, la Armada y su comandante general han sido capaces de garantizar la seguridad nacional y la integración territorial, debe haber no solo un cambio de personas, sino de sistemas y estructuras. Cambiar unas personas por otras, es simple demagogia y sofisma: don Porfirio en 1911 se fue, pero el porfiriato se quedó (pregunten a Madero).

Para ello, la única estrategia posible es sumar fuerzas en torno a una propuesta unitaria que surja de la sociedad y obligue a los poderes de facto a un cambio estructural.

Nuestro otoño mexicano significa confusión e ingobernabilidad; incubación de un huevo de serpiente que aún no toca fondo.

Sin propuesta, el invierno será largo e incierto; y si no hay alternativa, no habrá justicia para Ayotzinapa, ni para nadie.

Sin unidad, no habrá primavera.

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