De monstruos y política

¿Qué originó el odio?

En ese pozo de desconcierto, incertidumbre y desasosiego nacional es inexplicable cómo se puede llegar al asesinato en masa de adolescentes y jóvenes. ¿Cuál es el origen del odio sobre los normalistas de Ayotzinapa? ¿Qué ha permitido que se los llevaran?

Por alguna oscura razón o un acuerdo perverso con el Estado, el crimen organizado ha regresado a sus orígenes gubernamentales y es, de nuevo, la vanguardia de la contrainsurgencia militar contra todo aquel que considera su enemigo: migrantes, jóvenes, indígenas, periodistas, opositores, la gente que protesta y los manifestantes que buscan cambiar sus circunstancias de opresión para el bien de su país. ¿Odio ideológico, social, racial? Si en los motivos de los genocidas no existe nada personal —como dirían los clásicos—, ¿cuál es la causa de los criminales?

Si el crimen organizado se organizó en las entrañas de los cuerpos de la contrainsurgencia represiva del viejo régimen inspirados en el anticomunismo y la guerra sucia, su instinto está de regreso, adulto y estructurado en todo el país, para asesinar, torturar, desaparecer y secuestrar. Más presupuestos y nuevas policías solo alimentan a los señores que hoy se han enriquecido con la violencia y del Estado fallido.

Siguiendo la máxima de que “origen es destino”, las mafias se han convertido en el brazo ejecutante de las fuerzas de seguridad, igualando lo que fueron las matanzas paramilitares en Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Colombia y la que generó el racismo en Sudáfrica.

La profundidad de esta descomposición establece un trazo que une Tlatelolco 68, 10 de Junio, Aguas Blancas, San Fernando, Tlatlaya e Iguala, donde el paramilitarismo sin rostro hace la función del gendarme con derecho a matar y desaparecer, al servicio de una brutal política migratoria y de contrainsurgencia de Estados Unidos y México, con derecho a usar el terror, contra lo que la economía excluyente y las leyes no pueden frenar.

Hoy la gobernabilidad se sustenta en este acuerdo oscuro y de facto que une a las fuerzas de seguridad con el crimen, haciendo juntos la política de contrainsurgencia que infiltra la política y a los partidos, compra y amenaza legisladores mediante campañas de odio y desprestigio, financia grupos de provocadores y llena de ruido con gritones mansos, para que nada con sentido se escuche.

Si primero destruyeron la economía del campo, luego siguieron regiones enteras y provincias que generaron depresión y migración masiva, hoy preparan el terreno para dividir al país mediante la balcanización de mexicanos, enfrentados unos con otros. ¿Ese es el proyecto de fondo?

En ese pozo de desconcierto, incertidumbre y desasosiego nacional, es inexplicable cómo se puede llegar al asesinato en masa de adolescentes y jóvenes. ¿Cuál es el origen del odio sobre los normalistas de Ayotzinapa? ¿Qué ha permitido que se los llevaran en patrullas pagadas con el erario y hoy estén desaparecidos? ¿Qué escena de terror han de haber vivido estos jóvenes si son los encontrados en las fosas de Iguala?

Los asesinos de los sepultados y masacrados en Iguala funcionaron sobre la base de que su acto sería impune, pues llevaron a los detenidos hasta el pie de la fosa a bordo de una patrulla de la seguridad pública municipal e iniciar uno a uno la danza de la muerte. ¿Qué demente pensó que desaparecer 43 personas de una comunidad regional y estudiantil no tendría consecuencias? ¿Cuál es la razón y el mensaje de los genocidas de esta masacre igual o mayor a otras matanzas históricas, que generaron multitud de procesos sociales, políticos y cambios en México? ¿Cuál es la verdadera cabeza que planeó, organizó y ejecutó este crimen?

No hay nada más difícil que pretender ocultar una noticia de muerte. Hoy el país no huele a modernización, ni a cambios, ni a reformas, ni a democracia, ni a eficiencia: huele a muerte.

La espiral de confusión y violencia difícilmente será detenida porque ni se quiere ni se busca la justicia entre los que la imparten. Se apresará a varios sicarios, sin duda, pero la profunda red que los reclutó y les pagó puede quedar de nuevo impune.

La indignación no basta, la destitución del alcalde no resuelve las omisiones y las responsabilidades, el gran peligro son las puertas de la balcanización vía el terror y la violencia.

La coyuntura de esta masacre fue la insurgencia politécnica; el fallecimiento de Raúl Álvarez Garín, quien dedicó su vida precisamente a combatir la impunidad y aclarar el origen del odio de 1968 en adelante; la conmemoración del 2 de Octubre.

Los politécnicos lograron el NO, pero ahora su responsabilidad histórica es decir hacia dónde SÍ debe ir el IPN. Raúl Álvarez deja como herencia una ruta de lucha contra la impunidad y por la legalidad. De los esfuerzos del 2 de octubre de 1968 hacia acá, la tarea es cómo unificar al país contra los poderes genocidas que buscan dividirnos y acabarnos como nación.

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