De monstruos y política

La identidad rota

La falta de visión de Estado para construir la identidad nacional y la integración de todas las culturas con los mismos derechos genera rompimiento, enfrentamiento y confusión.

Culturas originarias, mestizajes, migraciones y criollismo conviven como parte de la realidad nacional, pero no nos integramos.

El resultado: somos pueblos invisibles pese a la presencia ancestral, racismos tangibles e intangibles, abandono de los territorios, la muerte de las provincias por falta de progreso, marginación, saturación de las ciudades convertidas en campamentos de refugiados, políticas asistenciales y, por todo ello, una identidad que no reconoce las raíces históricas, obligando a la segregación y la profundización de las diferencias, ya sea por color de piel, condición económica o social.

El abandono de la búsqueda de la identidad surge tras la guerra de los dioses de 1519-1521 y la caída de México Tenochtitlán. Con los presagios y el drama del Emperador Moctezuma tratando de descifrar la naturaleza de los invasores; las implicaciones de quemar las naves y no dar lugar al retorno; la política de alianzas como forma de guerra; la falla de los dioses y los brujos ante los presagios y la llegada de los invasores; el divisionismo de los pueblos nahuas que hoy seguimos practicando; la fundación del primer cabildo; las matanzas sorpresivas de Cholula y el templo de Huitzilopoztlli; el aprisionamiento del anfitrión, la huida hacia Tacuba; el exterminio con viruela; el cerco y la resistencia tlatelolca, la mezcla de derrota y victoria, el nacimiento del mestizaje; la demolición de templos y la construcción de otros; el cambio de la medición del tiempo y la cosmogonía; las ambiciones clericales y el enfrentamiento entre una España medieval y otra renacentista; la pugna entre la visión exterminadora y otra con vocación mestiza, todo esto está aún presente y se reivindica solo la parte vencida, aunque llevemos también como herencia la de los vencedores, que se impuso sobre la fatalidad de no poder integrar una República basada en la diversidad que condujo a la tragedia, la esclavitud, la segregación y nos convirtió en colonia. De ahí nació lo que Alfonso Reyes, siglos después, interpretara y definiera como “el alma nacional” de los mexicanos.

Alfonso Reyes hablaba de esa “alma nacional” como identidad para prevenirnos contra las imitaciones (europeas y sajonas) que confunden la búsqueda de lo mexicano con el folclore. Reyes defendió ideológicamente la “x” de México y llamó a buscar esa alma nacional como parte esencial para unir nuestro pasado y presente sin vergüenzas ni ocultamientos.

Frente a esta identidad rota, hoy se abre un nuevo debate ideológico sobre los pueblos originarios. Nuevos conceptos optan por establecer una definición de “multiculturalidad” en vez del concepto colonial de “indígena” y así como hoy existen aquí comunidades libanesas, francesas, japonesas, coreanas o rusas, se busca un reconocimiento no como indios, sino como mexicas, mixes, otomís, mazahuas, juchitecos o zapotecas, estableciendo la base de un federalismo cultural que rebasa las definiciones del artículo 2 de la Constitución, que en su afán de comprensión alivianada y mala conciencia del criollismo, reglamenta, limita, encasilla y segrega a la población de pueblos originarios que buscan el futuro de su cultura, más allá de sus territorios originales y que ahora están presentes en todas partes, en las grandes ciudades y la vida trashumante.

Nuestras leyes actuales no ayudan a la integración de una identidad y tampoco considera la que surgió del mestizaje de habla castellana, mayoritaria, que se impone a otras por la gran fuerza de la fusión cultural, llena de sincretismos, de símbolos de los dioses que se enfrentaron y que constituye la fuerza de lo mexicano, que existe, pero no reconocemos como patrimonio y herencia. Esa misma decisión que hizo poderosos a los mexicas que absorbieron la cultura teotihuacana y olmeca.

La falta de una visión de Estado para la construcción de la identidad nacional y la integración de todas las culturas con los mismos derechos sociales y lingüísticos genera rompimiento, enfrentamiento y confusión.

Hoy, el pasado es presente y el presente, es pasado: Querámoslo o no, Hernán Cortés y sus soldados ambiciosos, blasfemos e ignorantes, forman parte también de nuestra alma nacional. El desconocimiento de esa raíz al igual que la africana, nos debilita y nos conduce a optar por el olvido y repetir los mismos errores por los que fuimos vencidos en nuestra tierra.

En esa identidad rota, unos se identifican con los invasores y otros con los invadidos. Como consecuencia, cambió el mundo prehispánico, pero también el de los vencedores y de ahí surgió la nación mexicana, pero con nuestra identidad rota.

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