De monstruos y política

¿Qué hay que hacer?

Es el momento para convertir la fuerza de la indignación ante el crimen, la violencia y la injusticia en una lucha para sumar. La violencia contra la violencia sin claridad no trasciende la historia.

Tanto la marcha del 8 de octubre en la Ciudad de México como seguramente la que hoy se realizará del Ángel de la Independencia hacia el Zócalo están marcadas por la pregunta sobre ¿qué hay que hacer para detener la violencia, cambiar lo que vivimos y no quedarse inertes frente a la incertidumbre?

A diferencia del siglo XVI, donde el mundo conocido era un pequeño continente a las orillas del Mediterráneo y que Marco Polo transgrediera arriesgando, porque lo demás solo eran mares misteriosos, dividiendo a los que querían descubrir de los que preferían hacer de la ignorancia la virtud de la vida.

Hoy los mexicanos —aun los indignados— estamos peor que en el oscurantismo medieval, pues nuestro mundo conocido es un presente fragmentado de vagos recuerdos, obstinados en no navegar, conocer o construir otras realidades. En México, muchos confunden la esperanza con la intolerancia.

De la misma manera en que el miedo a lo desconocido dominaba al mundo antes de Marco Polo, hoy los mexicanos estamos subordinados a solo saber lo que no queremos y nos molesta caminar por donde podemos. Tenemos las barcas enfrente, pero preferimos la seguridad de la orilla, enseñando los puños, gritando al mar, esperando que Cíbola y El Dorado vengan sin embarcar.

En la marcha y el mitin del 8 de octubre, los discursos denunciando y señalando responsables no faltaron; sin embargo, entre los asistentes corría como un fantasma la pregunta ¿y ahora, qué debemos hacer?, y por eso nadie se atrevía a dar por terminado el acto, hasta que la provocación y la agresión lograron que el sentimiento fuera de división, ante el intento de la indignación unida. De ser parte de la solución, la intolerancia la convirtió en un problema, estableciendo la confusión sobre lo que era importante.

La sombra del viejo oportunismo no ha faltado escupiendo al cielo. Son los gendarmes contra lo posible y son incapaces de organizar la insurrección que pregonan. Su mejor disfraz es ser invisibles y decir generalidades: “¡No pertenezco a ningún partido!”, exigen que un líder les pida tomar las armas, pero como no, justifican entrar reclamando acciones radicales por la calle 5 de Mayo y salir por Pino Suárez, satisfechos de haberlo exigido; como los que van a misa y comulgan, para seguir pecando. Sobran los fariseos con mucho pasado, pero sin ningún futuro.

Es evidente que el actual sistema de partidos en México está agotado y es indefendible. Las reglas electorales establecidas fomentaron el vínculo entre el crimen y la política para que gane el que tiene más dinero o recursos públicos para hacer clientelas; esas reglas han degradado y convertido todo el proceso de transición en un naufragio, donde la política es una ciencia muerta, de simulaciones, farsas y tragedias.

Un camino constructivo y pacífico es que la sociedad civil piense y actúe políticamente. La sociedad para navegar y transformar debe luchar por los espacios de decisión, es decir: la sociedad civil para existir históricamente debe buscar el poder haciendo política.

La situación en la que vivimos solo puede cambiarse si la sociedad civil se propone establecer un Estado fuerte, construido de abajo hacia arriba, legitimado, y para ello la sociedad civil y sus jóvenes deben aprender a pensar políticamente, a actuar estratégicamente y a hacer de cada frente, cada lucha y demanda una oportunidad para avanzar, explicar la causa de los problemas, construir comunidad, fuerza popular y claridad frente a los reventadores y los que solo pueden existir de las derrotas.

Cuando se huye de la política se le entregan las decisiones a las minorías fácticas, y la pregunta ¿qué hay que hacer? se hace una letanía y una actitud crónica para la cual nadie tiene respuestas, pues entre la crisis general y el paraíso esperado, no existe nada.

La alternativa no es el gradualismo, pues reconociendo lo construido para acceder a un Estado fuerte (condición que no tuvieron las generaciones anteriores) hoy es posible yendo rápido reconociendo los puentes que ahora existen por un esfuerzo colectivo e histórico.

Este es el momento para convertir la fuerza de la indignación ante el crimen, la violencia y la injusticia, en una lucha para sumar. La violencia contra la violencia sin claridad no trasciende la historia, y no es peligrosa para los que desde el poder la originan, porque anula lo posible. La gran tarea no es que las vanguardias conscientes se apoderen y sustituyan la responsabilidad de los que por falta de perspectivas se mantienen indecisos, inactivos o expectantes.

Este es un país donde sobran los diagnósticos, lo fundamental es cómo unificar para construir un Estado fuerte y legítimo, capaz de enfrentar al monstruo (interno y externo)…que pisa fuerte.

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