De monstruos y política

Los "gritones mansos"

Este tipo de personas es  coleccionado por el poder de facto, pues así como algunas bacterias requieren un entorno ácido, estos se mueven en la confusión, la falta de ideas y la inexistencia de convicciones.

En todo lugar, en todo tiempo y batalla han existido los gritones mansos.

En el México actual abundan y tienen bandera, insultan, reclaman y acusan, con la característica de que siempre favorecen al enemigo principal, combatiendo a su posible aliado.

Los gritones mansos son coleccionados por el poder de facto, pues así como algunas bacterias requieren un entorno ácido, éstos se mueven en la confusión, la falta de ideas y la inexistencia de convicciones. Su forma de existir es reclamando el derecho a la supremacía total y el liderazgo único.

Su existencia no es excepcional, sino parte de un mundo y un país que no sabe reconocer el destino de sus viajes, que no necesita remeros ni pilotos, velas ni barcos, sino vigilantes. Los gritones mansos solo saben conducir al naufragio y las derrotas, acusando de ello a los pasajeros.

Los gritones mansos son una variante del esquirol que definiera Jack London, como el principal enemigo durante las huelgas de los obreros durante la Revolución Industrial y las fábricas de Chicago, Nueva York, Portland y el Oeste norteamericano. Hoy el esquirol casi es inexistente, pues el mundo moderno acabó con el trabajo como el valor fundamental de la riqueza.

En sus definiciones del esquirol, Jack London dijo: Después de que Dios hubo acabado la serpiente de cascabel, el sapo y el vampiro, tenía una horrible sustancia que le sobraba con la que hizo al esquirol.

Un esquirol es un animal de dos patas con un alma de sacacorchos, un cerebro anegado, una columna vertebral mezcla de gelatina y cola. Donde otros tienen un corazón, el lleva un tumor de podridos principios. Cuando un esquirol camina por la calle, los hombres vuelven sus espaldas, los ángeles lloran en el cielo y el diablo cierra las puertas del infierno para dejarlo fuera.

Ningún hombre tiene el derecho a esquirolear mientras haya una charca de agua en la que hundir su pellejo, o una cuerda lo bastante larga con la que colgar su cuerpo. Judas Iscariote fue un gentleman comparado con un esquirol, porque después de traicionar a su Maestro tuvo el suficiente coraje como para ahorcarse. El esquirol no lo tiene.

El gritón manso busca cualquier posibilidad de avance y de clarificación para destruirla. Se suma para luego dividir, considera que la historia siempre se inicia con su presencia y, por ello, dice estar cerca de los héroes y no de los que representa.

El grito sin fundamento es un aullido, un graznido, un ladrido. Es un acto animal para espantar y solo conduce a la manada y la parvada: para el gritón manso, toda forma de organización independiente, así sea de los suyos, es sospechosa.

Para los depredadores de la libertad, la democracia y la justicia, el gritón manso es un aliado necesario, pues su fábrica de fracasos garantiza la frustración colectiva y con ello se crea el mito de que ningún esfuerzo vale la pena, dejando al poder de facto el camino libre para seguirse imponiendo.

La mansedumbre odia dialogar y debatir. Nada que le cuestione o ponga en duda sus reglamentos, su divisionismo y sus gritos. Los gritos del manso, sus insultos al poder, por insustanciales, se convierten en oraciones.

Su lucha no es derrotar al mal, sino vigilar que ningún esfuerzo se consolide, que ninguna otra fuerza prevalezca y por ello, lo suyo, es el divisionismo presentado como alternativa.

Es por todo esto que los gritones mansos son como los esquiroles y ambos han de estar desconcertados por la insurgencia estudiantil y juvenil de estos días…

(Posdata: en este tiempo de desalientos, los estudiantes politécnicos han venido a refrescar con su presencia al país. Ahí donde está el futuro del humanismo técnico y la ciencia aplicada, existe un espíritu que busca salir y es una lucha intuitiva contra los males acumulados y más allá del reglamento que se pretendió imponer.

Ver las manifestaciones de los politécnicos de estos días sin banderas, cachuchas y camisetas pagadas con el erario; verlos libres y alegres por estar juntos en las calles nos confirma que el mal es imperfecto y aunque existan las sombras de los gritones mansos, la parte positiva de México está aguardando para irrumpir más temprano que tarde.

Seguramente Raúl Álvarez Garín, antes de morir, los escuchó llegar con el legado bullicioso y certero de la juventud, allá por el Casco de Santo Tomás y Zacatenco, donde se forjó la generación del 68).

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