De monstruos y política

La división nacional

Cada mexicano tiene un país en su cabeza y solo comparte el fracaso, el imperio de lo privado y vivir divididos por esencia.

De hecho, nunca hemos estado unidos. Estados Unidos Mexicanos ha sido una ambigüedad, una ironía o, en un buen sentido, una aspiración.

La mayor cantidad de guerras que hemos enfrentado a lo largo de la historia ha sido contra nosotros mismos. Nuestro laberinto.

La forja de nuestra soberanía ha surgido de la división: a ella se debió la caída de Tenochtitlán; la que siguió a la independencia entre Imperio y República; la que derivó de la confrontación entre centralistas y federalistas; la que causó la intervención francesa y naciera la República restaurada; la que generó la Revolución mexicana; la que utilizó la institucionalización, matando caudillos; la que impuso el estatismo y hoy ha generado el neoliberalismo.

Nos crecemos con el castigo, diría el boxeador, y, por ello, nuestros momentos de mayor unidad lograda han sido cuando los principales ideólogos nacionales, Cuauhtémoc, Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas, tuvieron una propuesta para enfrentar intereses e imperios. Nuestros conceptos de soberanía y seguridad nacional nacieron de la defensa territorial, de los sentimientos de la nación contra la pobreza, de la unidad republicana basada en el equilibrio de la separación de poderes y en la lucha por los derechos sociales y la defensa de nuestros recursos naturales.

La división, como naturaleza intrínseca, ha sido, a lo largo de nuestra vida independiente, una condición también impuesta desde nuestra vecindad: Norteamérica nos tolera si nos dividimos; ser débiles es el status diplomático correcto; nos agrede cuando hay visos de acuerdo nacional y, por ello, nos han condenado al “Destino Manifiesto”; apoyaron a Victoriano Huerta; intrigaron entre las facciones triunfantes de la Revolución mexicana; pusieron condiciones en los Tratados de Bucareli y han dirigido nuestra economía desde las Cartas de Intención del Fondo Monetario y las exigencias de pago de la deuda externa; han manipulado en su beneficio la crisis económica crónica y el mercado de drogas.

Para los vecinos, destruir la identidad como base de la soberanía nacional es condición de buena vecindad.

Hoy estamos divididos más que nunca. La unión republicana y nuestro federalismo parecen más un naufragio que una travesía: cada parte busca salvarse, por su cuenta. Vivimos bajo el proyecto de integración al norte y está basado en la división y fragmentación de lo que nos unía y de la que se apoderó la oligarquía surgida a partir de 1940. De sus restos surgió la división que hoy tenemos, la cual tiene a sus miembros y sus aliados, unos abiertos y otros encubiertos y en guerra contra los que han intentado unir al país con una propuesta democrática, no autoritaria.

El equilibrio de fuerzas políticas en el poder legislativo no nos ha llevado al fortalecimiento de lo público, sino de los intereses privados. La falta de una reforma del Estado mexicano alternativa al presidencialismo autoritario devino en vacíos. La forma de gobernabilidad política sirve para favorecer los intereses económicos monopólicos.

El esquema político actual, desacreditado frente a la sociedad, es el paraíso de los poderes fácticos. El proyecto gobernante requiere de la división a fin de ser aceptados en el mundo global y para ello las reformas esenciales ofrecen convertir la riqueza pública en privada.

Ya desde hace años el agrarismo, basado en principios comunitarios como el ejido y el cooperativismo, golpeó a la población rural y la obligó a emigrar. En el campo se impuso la incapacidad para resolver el problema de la sustentabilidad campesina y lo dejaron a las mafias criminales y el narcotráfico.

La base educativa también fue fragmentada y entregada a los gobernadores. Los medios de comunicación pasaron de ser soldados del Presidente, a quienes hoy imponen presidentes.

El Ejército mexicano se dividió entre los militares que ahora tienen funciones de policías y los que aún consideran que su función central es la defensa de la soberanía nacional.

La división del patrimonio histórico y cultural cada vez más queda en manos de quienes destruyen la obra histórica para hacer negocios depredadores.

Las reformas secundarias en telecomunicaciones y energía mantienen los privilegios y caminos erróneos de lo privado sobre lo público. Pemex será fragmentada.

La cultura como base del desarrollo nacional y la identidad es abandonada.

La polarización social y política da para muchas guerras. La izquierda se ha dividido y las propuestas unificadoras son cuestionadas.

Lo políticamente correcto es no creer en nada.

Cada mexicano tiene un país en su cabeza y solo comparte el fracaso, el imperio de lo privado y vivir divididos por esencia.

www.marcorascon.org

http://twitter.com/MarcoRascon