De monstruos y política

El discreto encanto de la oligarquía

La oligarquía mexicana es la que gobierna y decide en México. Es el poder real…pero está dividida.

Carlos Salinas al privatizar, pero sin abrir, llevó la escisión oligárquica a un nuevo nivel: creó, favoreció y protegió a unos y mandó a la globalización y la quiebra a otros. 

Por eso Salinas lo mismo escribe libros diciéndose antineoliberal que defensor del “liberalismo social” o de la tercera vía. Es decir, también existe un Salinas vs Salinas.

Las fracturas anteriores fueron en tiempos de Luis Echeverría y José López Portillo, que no pudieron integrar estatismo con deuda externa y nacionalización bancaria con exigencias empresariales. De ahí nacieron los “Encapuchados de Chipinque” (1982), origen del neopanismo, de Vicente Fox y la alternancia oligárquica (2000-2012). En 1988 todas se unieron contra el peligro de un cambio real.

En consecuencia, el neoliberalismo como política económica deformó el sistema político y se desarrolló de manera desigual en sectores y regiones. Desde las entrañas del Estado mexicano, el crimen organizado se organizó y, por ello, hoy está unido de manera indisoluble al sistema electoral y al de partidos, penetrando a los gobiernos, a todos los niveles.

Esa “modernidad” afectó viejos y nuevos poderes locales, incluyendo al sistema corporativo y creando un nuevo sistema clientelar. El salinismo formó nuevos monopolios; a su vez, debilitó al sector manufacturero y la producción agrícola. A partir de 1989 muchos de esos capitales se trasladaron al sector inmobiliario y la especulación financiera, como vías para el lavado de dinero, fomentando de esa manera al crimen.

Pero también otro sector oligárquico ha quedado fuera y reclama poder. Muchos de ellos con poder político resisten a todo y guerrean encapuchados y con violencia contra los poderes globales.

Sin embargo así, divididos y enfrentados, se unen contra empresarios que sí trabajan, posibles reformas y el peligro de una vía alternativa democrática y progresista: ellos también han mandado al diablo las instituciones.

Las oligarquías mexicanas han tomado como campo de batalla a los poderes de la República para enfrentar e imponerse al país y otras posibilidades. Su espacio de disputa no son las elecciones, sino imponer sus decisiones de manera discrecional. Todo debilitamiento y desprestigio de la legalidad para ellos mejor.

Al igual que en la obra de Luis Buñuel, la oligarquía mexicana para corromper al país no es ni discreta ni encantadora, y su poder, una ironía que ahí está.

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