De monstruos y política

La democracia pulverizada

Bajo el sistema de minorías, los partidos pequeños se han convertido en poderosos, pues se saben determinantes para decidir reformas constitucionales, ya sea a favor o en contra.

Como parte de un viejo esquema de sobrevivencia, el régimen actual se encamina a ratificar el sistema de minorías a fin de preservar al menor de mayor estatura.

Si 1988 constituyó un peligroso proceso de unidad de la izquierda, movimientos sociales y de impulso a la democracia, el viejo esquema priista, desde que la tendencia era dejar de ser mayoría absoluta, fue buscar la fragmentación del electorado dividiendo los espectros de izquierda y derecha para, desde su minoría, convertirse en el poseedor de un centro político ficticio.

Bajo este esquema se ha logrado, pese a los cambios electorales y la alternancia en la Presidencia, gubernaturas y municipios, mantener casi intacto el viejo aparato corporativo, la política económica y reformas en favor de los poderes fácticos, que en vez de sentirse amenazados con la inscripción de nuevos partidos refuerza su poder de control político al dificultar la constitución de mayorías legislativas.

Esto ha derivado en deformaciones en la relación entre poderes, cuyas funciones se han venido mezclando y donde el Poder Legislativo convierte a diputados y senadores en gestores para el manejo discrecional de presupuestos; a los magistrados de justicia los hace legisladores a través de sus jurisprudencias y el Ejecutivo hace justicia de facto y aplica sentencias a través de las fuerzas públicas a su cargo.

Bajo el sistema de minorías, los partidos pequeños se han convertido en poderosos, pues se saben determinantes para decidir reformas constitucionales, ya sea a favor o en contra. Este esquema ácido es el que le ha permitido a los pequeños partidos ir siempre como racimo sin arriesgar ni ventilar su propia fuerza, salvo los que tendrán que obtener su propio 3 por ciento de la votación nacional por reciente registro y que lo lograrán más por su servicio a las primeras minorías para ganarle a las segundas y por este juego perverso del gnomo de mayor estatura.

El registro de los partidos Morena, Encuentro Social y Frente Humanista, cuya diferencia ideológica y política entre ellos y los que ya tienen registro se basa fundamentalmente en el discurso de cómo se insertan en ese sistema de minorías, es más que en una ideología sui géneris.

En este esquema, la izquierda electoral mexicana proveniente de las luchas históricas por el registro y la legalización, tras décadas de ser oposición reprimida y marginada, es la que será más afectada. El sistema de minorías es una necesidad de los que se benefician con la discrecionalidad y las formas de gobernabilidad basadas en la dependencia de políticas económicas y públicas que no ponen en riesgo sus intereses y concentración de poder.

Para el sistema, el registro e institucionalización del discurso del cuestionador de la existencia de las instituciones ha sido una victoria de la capacidad de asimilación de un segmento que había crecido mediante el rupturismo y hoy vivirá de las prerrogativas, los espacios de radio y tv y que se expondrá a las decisiones y votos en los espacios legislativos.

En el caso de los partidos Encuentro Social y Frente Humanista, su inexistencia en el espectro político los precede y su registro se logra para que por un partido con fuerza real, vaya acompañado por lo menos por dos partidos ficticios, como sucedió cuando el PRD obtuvo su registro en 1989.

En aquella etapa, solo para recordar, surgieron nuevos partidos que teniendo un origen regional eran proyectos familiares, pero que su sola presencia en las boletas electorales contribuía a restar votos a quiénes hacían esfuerzos por construir fuerzas contra el partido del régimen. Gracias a esta estrategia el PRI posterior a 1988 logró sobrevivir 12 años más en la Presidencia y 6 años más como mayoría absoluta en el Congreso.

Como parte de la restauración y para garantizar su continuidad, hoy el PRI logra por unanimidad el registro de estos tres nuevos partidos, que en el caso de Morena va dirigido al PRD y los otros dos a restar mínimamente un 6 por ciento al universo electoral, garantizando la permanencia del PRI como la fuerza principal.

La resolución del nuevo Instituto Electoral, INE, tiene que ver más con un afianzamiento de las estructuras del viejo régimen, que con un enriquecimiento de la opción democrática para los ciudadanos que a partir de agosto de este año serán bombardeados por nuevas siglas, que reflejarán fundamentalmente que el viejo régimen ha regresado vía la pulverización de las opciones.

Esto, sin duda, también tendrá repercusiones hacia lo que serán las candidaturas ciudadanas y la búsqueda histórica de ciudadanización de los procesos electorales, hoy que se marcan decisiones más en favor del sistema de minorías, que de un sistema democrático.

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