De monstruos y política

Lo que nos cuesta la desconfianza

Tantos órganos de control nos llevan a pensar que los mexicanos somos unos cínicos porque construimos estructuras para demostrar que nuestra justicia y legalidad no existen, edificando así la tragedia nacional de nuestra desconfianza.

Como si fuese la base de nuestra idiosincrasia, los mexicanos partimos de que si a un ciudadano se le encomienda un presupuesto o una urna electoral… y si nadie lo vigila… se los roba.

Son valores que hemos ido construyendo a lo largo de la historia, consciente o inconscientemente. No hay elección en México, del nivel que sea, incluyendo reinas de pueblos o ferias, donde en cada hecho electoral haya una denuncia de fraude.

Pruebas y eventos no faltan para que los mexicanos así pensemos. En el caso de robos a los presupuestos por manipulación de recursos, contratos fraudulentos, concursos y licitaciones tramposas, obras fantasmas, despilfarros en infraestructuras innecesarias, monopolios, manejos discrecionales de la política social y el fomento económico, desde los niveles municipales a los federales, afectando al país en la credibilidad más básica, provocando crisis y daños estructurales y que le impiden reestructurarse con sentido equitativo de la carga como fueron el caso de las devaluaciones del siglo pasado o el Fobaproa, pasando por el Pemexgate, Amigos de Fox y ahora Oceanografía.

La manera nacional de responder a esta idea idiosincrática de la desconfianza crónica y el daño moral que provoca a todos los niveles sociales ha sido pagar con presupuesto a auditores, fiscales, contralores, magistrados e inspectores, estructuras que también los vigila a ellos y en espiral, una estructura sobre otra de auditorías internas y externas, han creado formas paralelas para ejercer el gasto público, pues bajo las normas existentes municipales, estatales, federales, de empresas descentralizadas, organismos autónomos, gastar significa cientos de procesos administrativos que nos han llevado no a la transparencia, sino a la opacidad y los subejercicios presupuestales, pues de la desconfianza nadie escapa.

En este Presupuesto de Egresos de la Federación para 2014 gastaremos en Auditorias Superiores, Tribunales Electorales y Función Pública más de 8 mil millones de pesos… para vigilar al propio gobierno y a los partidos políticos en sus funciones.

Este esquema se reproduce en los 31 estados y el DF, y los más de 2 mil municipios que requieren infraestructura, movilidad, tecnología, tiempo, papel y administración para vigilar funcionarios.

El asunto es si esta forma de autovigilarnos es por naturaleza mexicana o es universal y tiene que ver con la naturaleza humana.

No obstante, como parte de una búsqueda de una cultura ciudadana distinta, la desconfianza endémica nacional no solo merma el producto nacional y los recursos que podrían destinarse a otras cosas, sino también nos vulnera la calidad como ciudadanos.

Los jóvenes, hombres y mujeres, al cumplir los 18 años, son preparados para este sistema de desconfianza, cuando debería existir una cultura para romper el ciclo perverso del sospechosismo a priori.

La idea pobre que tenemos del Estado, la actitud torpe que tienen los gobiernos hacia los ciudadanos; la idea de que los recursos nacionales son para saquearse (léase la reforma energética) o monopolizarse de manera privada (véase, leyes secundarias en telecomunicaciones) nos conducen en esa espiral de la desconfianza, que posteriormente queremos lavar con más sobrerregulaciones, que a su vez generan más corrupción y nos llevan a gastar más en vigilarnos unos a otros.

Si en estos tiempos se ha hablado del Estado fallido, existe más profundamente una conducta fallida, marcada por la desconfianza. Todo trato, diálogo, debate, es considerado entreguismo o transa. La convicción no se reconoce en nadie, toda postura tiene tarifa y con ello es descalificada.

Esta conducta fallida nos conduce no a resolver, sino a sospechar por naturaleza y la desconfianza nos conduce a un estado generalizado de doble moral, donde no podemos planear el futuro, porque todos somos sospechosos de tener por encima del interés general, la mezquindad, la visión torcida, de una ambición personal... porque dicen “que la burra no era arisca…”.

Un estado de derecho no puede sustentarse en ciudadanos enfrentados a todos los niveles por sospechas y denuncias, pues así nació el nazismo y la guerra en los Balcanes. La desconfianza crónica, ya sea entre vecinos de un condominio, en un club, en centros de trabajo, en los partidos, en el barrio, en la relación ciudadanos-gobierno, ha sido motivo de guerras civiles.

Tantos órganos de control y suprajudiciales nos llevan a pensar que los mexicanos somos unos cínicos porque construimos estructuras para demostrar que nuestra justicia y legalidad no existen, edificando así, nosotros mismos, la tragedia nacional de nuestra desconfianza.

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