De monstruos y política

A 102 años, el huertismo de hoy

Casi todos los regresos y restauraciones de viejos regímenes terminan mal o en tragedias.

Como ejemplo clásico el huertismo, en 1913-1914, como intento de restauración del porfiriato, provocó una revolución violenta al interrumpir el cambio mediante el crimen político.

A falta de una visión reformadora a la altura de nuestros males presentes, el regreso del PRI y la restauración de un esquema de privilegios para una minoría, convierten su restauración en una fractura nacional: el PRI impidió la transición pero ahora es incapaz de unificar al país.

La tentación de hacer reformas con dedicatoria para favorecer intereses oligárquicos hundió el cambio; la incapacidad e irresponsabilidad histórica de Vicente Fox, Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador abrieron el camino a la restauración, heredando un sistema electoral nuevo pero obsoleto, que ha paralizado y obstaculizado el desarrollo nacional.

El regreso del PRI podría equivaler al huertismo y la tentación de una salida violenta y autoritaria a la crisis del país.

En el 102 aniversario de la Decena Trágica que nos sumergió en la ingobernabilidad, el caudillismo, la violencia y el crimen político a lo largo de 20 años, estamos en un nivel de enfrentamiento criminal, social, racial y político que da para varias guerras regionales.

El gran peligro es que ninguna fuerza en conflicto tiene credibilidad frente a una sociedad confundida y sin perspectiva. A falta de una opción posible, la sociedad tiende a refugiarse en el conservadurismo y prefiere optar por no perder lo poco que tiene en seguridad y patrimonio.

La espiral del pesimismo aumenta y fuerzas que podrían protagonizar una propuesta democrática han desaparecido. Los mensajes institucionales están llenos de mentiras y lugares comunes. Todo mal se generaliza.

Estamos neutralizados: ante la crisis de credibilidad política, la lucha social carece de rostro; la ira se impone, la intolerancia flota por todas partes, lo correcto es no creer en nada y con gran resignación e incertidumbre se espera venir una nueva crisis económica.

El país se va llenando de cadáveres, fosas comunes de muertos que buscan su identidad. Basureros se convierten en hornos crematorios y los que debieron ser incinerados legalmente simbolizan nuestro holocausto y autodestrucción. El futuro se convertirte en cenizas.

Nuestra única verdad histórica imperante es la frustración crónica.

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