De monstruos y política

Zócalo y espacio público

La reivindicación del espacio público y un Zócalo abierto es la mejor lucha para defender el derecho de manifestación y el de expresión; es una vía para territorializar la democracia.

Si algo debía simbolizar el concepto de espacio público es el Zócalo de la Ciudad de México. Del uso del Zócalo se deriva lo que pensamos verdaderamente del espacio público y su definición en toda la ciudad.

El debate urbano, cultural, político, histórico y social sobre el Zócalo incluye necesariamente la evolución de las etapas históricas de la gran plaza como parte de las expresiones del poder y su vínculo con la sociedad gobernada. Es también, como espacio público central, lo que define las relaciones entre sociedad y ciudadanía.

Transformada de jardín y terminal tranviaria a explanada para vitorear al presidente y a la cual solo se podía acceder con permiso, el Zócalo autoritario devino en disputa, asentamientos y ocupación, que hoy prácticamente lo desaparece como espacio de unión. El Zócalo siempre ha sido un punto de definición de la gobernabilidad.

“Llenar el Zócalo” de manera libre y opositora fue una aspiración para demostrar la fuerza democrática. El cambio de la realidad política obliga a un cambio sobre la función del Zócalo, y lo que eran acontecimientos históricos extraordinarios ahora son cotidianos y su uso como campamento fue contra los mismos que lo han pretendido convertir en un fin, en sustituto del debate y en símbolo crónico, privatizado, de los conflictos.

El Zócalo, hoy pocos saben, es considerado monumento histórico, como lo son el Templo Mayor, Chichén Itzá, Monte Alban, Teotihuacan o Tlatelolco. La realidad política ha rebasado a las instituciones que le resguardan como el INAH.

Las manifestaciones de la última década y los grandes conciertos culturales le dieron al Zócalo una nueva dimensión y el espacio apuntó hacia un nuevo concepto del espacio público.

La gran centralidad del Zócalo, como centro geográfico de la ciudad, centro del gran lago y el ombligo de la luna, tiene una importancia más allá de sus propias dimensiones y de lo que sucede ahí se determina el concepto y las formas de acceso a todo aquel espacio que se considera público, que no es la suma de los intereses privados de cada individuo, sino un espacio que por naturaleza debe tener movimiento, servicio, igualdad, inclusión y equilibrio dinámico entre la demanda, la gestión y la respuesta.

El Zócalo como espacio público es poder democrático y su reivindicación como espacio de expresiones es el centro donde giran las ciudades que integran hoy la Ciudad de México. La ciudad pluricéntrica que somos se reconocería a sí misma si se reconociera la dimensión histórica del Zócalo y su papel como gran estabilizador urbano, y no solo como antesala del poder.

Hoy en el debate de los urbanistas se reconoce esta multicentralidad de la Ciudad de México y por la vocación de los barrios que integran a zonas, pueblos originarios, suburbios, se puede reconocer en esta diversidad la ciudad donde la cultura no tiene ya un solo centro, sino muchos. Símbolo histórico de todo esto es el Zócalo.

Contrariamente, hoy vivimos otra situación producto de nuestra transición confusa. El Zócalo pasó de ser la plaza más importante al espacio más degradado, deseado de mala manera.

En el Zócalo no cabe ya una carpa más, otro plástico, sea rentado o en rollo, sea oficial o social; es anacrónica toda estructura permanente disfrazada de temporal.

El uso público del Zócalo debe incluir sin duda a manifestaciones, realización de conciertos que dejen universalidad y cultura; pero su importancia y su valor reside en ser efímeros, para que ahí se expresen todos y el gran espacio sea el común denominador que garantice los derechos de todos a decir: todo demócrata debe defenderlo como un espacio para la democracia.

La reivindicación del espacio público y un Zócalo abierto es la mejor lucha para defender el derecho de manifestación y el de expresión, sin las reglamentaciones, encapsulamientos (de ideas) o los marchódromos que se proponen. Un Zócalo abierto es una vía para multiplicar el espacio público y territorializar la democracia.

Hoy existe claramente un agotamiento en la disputa por el Zócalo. La degradación de su ocupación como estrategia o táctica de presión carece de consenso, y así se pueda ocupar un año, no modifica ninguna realidad, salvo el enojo por la exclusión de otros. Del gran reto de “llenar el Zócalo” ahora debería existir un acuerdo nacional y citadino para utilizarlo y convertirlo en el eje de la lucha por ganar todos los espacios públicos de la ciudad y convertirlos en ejercicio contra la segregación, la intolerancia, la contaminación y la ignorancia.

Debemos liberar el Zócalo, como acuerdo de todos.

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