De monstruos y política

Revoluciones

En 1988 se construyó la posibilidad de poder cambiar y democratizar ganando, sin perder lo hecho. Era una revolución democrática, sin cortar con la raíz de la Revolución mexicana.

En esa visión contradictoria entre la herencia positiva que convirtió en derechos fundamentales la educación, el trabajo, la tierra y las riquezas del subsuelo como el agua, petróleo, minerales, espacio aéreo, ondas herzianas; y los valores negativos —cíclicos en nuestra historia— como el autoritarismo, el fraude, la intolerancia, la corrupción, la discrecionalidad, la demagogia y la simulación, surgió la disyuntiva de transformarnos, reconstruyendo los principios de democracia y soberanía que han identificado en su lucha permanente al pueblo de México.

Sin embargo, la visión dominante en el régimen vio en la posibilidad de cambio un peligro y se decidió por desviar el proyecto nacional hacia el neoliberalismo económico y legitimando el subdesarrollo crónico a manera de un tratado entre iguales. Desde 1988 hasta la fecha, el desencuentro nacional es lo que nos caracteriza debilitándonos para enfrentar al mundo global que nos envolvió sin tener internamente un acuerdo mínimo. El viejo régimen priista prefirió romper con el espíritu social de la revolución de 1910-17 a cambio de una prometida modernidad.

A 103 años de la Revolución mexicana, la falla de instituciones con capacidad reformadora nos han llevado como entonces a vivir de pactos.

Los “Tratados de Ciudad Juárez” en 1911 fueron un pacto con el régimen porfiriano que posibilitó nuevas elecciones y la llegada de Francisco I. Madero a la Presidencia. Luego vino el “Pacto de la Ciudadela” entre un grupo golpista del Ejército instigados desde la embajada de Estados Unidos contra el gobierno legítimo. Siguieron otros como el de Villa y Zapata para formar gobierno tras la ruptura con Álvaro Obregón y Venustiano Carranza en la Convención de Aguascalientes. Hubo más para derrocar a Carranza y otros para impedir la reelección como el “Plan de Agua Prieta”.

A falta de instituciones con capacidad reformadora o cuando la situación ha sido paralizante como ahora, los “pactos” o “planes” han sido la vía entre fuerzas —incluso enemigas—, para imponerse o como simple tregua.

Ayer como hoy, cuando el país requiere funcionar y al mismo tiempo construir un nuevo Estado que lo destrabe, hay quienes hacen pactos contra los pactos y proponen golpes e insurrecciones, contra toda posibilidad de reforma.

Hoy en México no existe solo el Pacto por México, sino el “Pacto de Bucareli”, donde el gobierno federal y la CNTE a través de sus mesas y acuerdos secretos, parecieran compartir la simulación de diferencias, cuando en el fondo existe el acuerdo de mantener los mecanismos de control político y sindical en uno de los sectores fundamentales para la democratización del país: los maestros. Su pacto se parece al de Victoriano Huerta con Félix Díaz que llevó a la Decena Trágica en 1913.

Sectores de derecha y que se autodenominan de izquierda, impugnan el Pacto por México, pero tampoco tienen propuesta vía el Poder Legislativo. En el fondo, la visión que impera en todas las fuerzas ideológicas es el golpismo y el pactismo secreto. Por ello, hoy los extremos se funden en pactos contra cualquier posibilidad de reformas que solo han sido posibles por un pacto.

Si viéramos con criterios y visiones de la izquierda de ayer la reforma hacendaria cuando se pasó el cobró del IVA de 10 a 15 por ciento en 1996, donde la carga fiscal estaba dirigida al consumo, la reforma hacendaria de hoy hubiera sido un triunfo inimaginable. Lo mismo en telecomunicaciones o la educativa, vista por una CNTE democrática de los años 80.

Hoy el país está convulso. El bandidaje se adueña de territorios enteros y surgen poderes paramilitares cuya guerra fundamental es aún indefinida. Con la experiencia militar de Porfirio Díaz en situaciones que se pueden acercar a lo semejante, éste decidió dejar el poder y retirarse, pero no su régimen. ¿Cómo no repetir la historia? ¿Cómo dejar de alabar la derrota y la tragedia? ¿Cómo sumar alternativas, sin destruir lo positivo que tenemos?

Cambiar, reformar y transformarse es la única opción y alternativa y para ello cada voto ganado en el Congreso para las causas justas es fundamental. Ahora como nunca, México necesita una revolución democrática como la que fue delineada en 1988 y donde surgió un pacto de vertientes progresistas, nacionalistas, demócratas y socialistas para transformar a México.

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@MarcoRascon