De monstruos y política

Reflexionando sobre los circos

La cercanía de los seres humanos a los animales de manera continua los humaniza, pues ellos expresan comportamientos que a su vez generan emociones como lealtad, cariño, nobleza, protección mutua, etcétera.

Es cierto que la relación entre los humanos y los animales ha cambiado en los últimos años.

Los peligros de extinción de especies animales, derivado del crecimiento geométrico de la población mundial y la necesidad de alimentarnos, ha puesto en esa situación no solo a muchas especies, sino las cadenas alimenticias que los han sustentado. Los ecologistas saben mucho de esto.

Esto mismo y los cambios acelerados en la estructura de las comunidades y las familias en las grandes ciudades han modificado la relación de los humanos con los animales. La función de las mascotas, más allá de sus orígenes y necesidades para el trabajo, la seguridad y el acompañamiento ha cambiado y se ha masificado como alternativa a la soledad urbana, llenando vacíos en las nuevas relaciones humanas. Simplemente la creación de nuevas razas de perros en el último siglo, para usos cada vez más específicos, ayudan a explicarnos estos cambios.

Existen fenómenos contradictorios en la relación con los animales, pues por una parte, la necesidad de proteínas de origen animal, han incrementado su producción intensiva tanto de bovinos como de aves y algunos mariscos o pescados como el salmón, atunes, camarón, ostión y las tilapias; por la otra, se desea hacer abstracción sobre su importancia alimenticia pero que pasa por criaderos, matanza y procesamiento que las buenas conciencias no quisieran reconocer cuando se alimentan y, sin embargo, —por ejemplo— las reses se salvaron de la extinción por el consumo humano; la ganadería nos hizo sedentarios y gracias a ella se fundaron ciudades y civilizaciones.

¿Cuál es la diferencia entre unos animales y otros? ¿Cuáles tienen derechos y cuáles no? ¿Quién establece los que son para alimento, para acompañarnos o divertirnos?

Es obvio que la cercanía de los seres humanos a los animales de manera continua los humaniza, pues ellos expresan comportamientos que a su vez generan emociones como la lealtad, el cariño, la nobleza, la protección mutua, etcétera. Hoy hay cerdos que son mascotas, pero es difícil pensar en comerse a un perico. Los toros son fiesta y alimento: nuestra relación con la vida animal se ha transformado.

En nuestro país existe un partido ecologista, pero a diferencia de otros del mundo, el ecologista mexicano es un partido no solo conservador, sino además frívolo. El PVEM es más conocido por su parasitismo al lado del poder en turno, por los escándalos de corrupción de muchos de sus dirigentes, por sus campañas por la pena de muerte a humanos, que por su protección a la ecología. Las historias ahí están.

El tema se ha polarizado y es complejo, pues el circo con animales es uno de los espectáculos tradicionales y populares más importantes en México. Fue en un circo antes que en un zoológico donde vimos por vez primera un elefante, una jirafa, un león, un tigre de bengala o una cebra. Descubrimos también en ellos, que pese a su fiereza, eran nobles, graciosos y podíamos convivir con ellos.

No había un circo sin un corral donde se acudiera a ver comer durante el día a los animales del circo, que durante la tarde y la noche actuarían. Creo que nadie entonces pensó que la convivencia con los humanos a través del espectáculo los volviera indignos.

En las mitologías, sea la griega, egipcia, prehispánica o china, los dioses zoomorfos son parte de la búsqueda milenaria de poseer algún atributo de los animales. En Mesoamérica, los meses y días del calendario, son conejos, culebras, tigres, venados, perros y los nacidos en estos días poseían a manera de protección estos animales y sus atributos provenientes de su naturaleza.

En el cine, miles de películas utilizan animales amaestrados ¿Se imaginan el significado de la prohibición del uso de animales en el cine, como ahora se pretende imponer en los circos?

Querámoslo o no, somos parte de la cadena alimenticia de todas las especies. La inteligencia no nos excluye, aunque sí nos ha dado conciencia de que somos un factor de destrucción de nuestro hábitat, pero no por amaestrar a otras especies que forman parte ya de nuestra cultura comunitaria y personal, sino por no ofrecerles y garantizarles la parte del planeta que les corresponde para reproducirse y evolucionar.

Los promotores de esta ley, no son ecologistas ni defensores de la causa animal, sino de sus propios intereses. La ley contra el uso de animales en los circos, debe ir al fondo: la protección de los animales tanto para vivir como para morir por la causa humana y de ellos.

Si todos los animales tienen los mismos derechos, que haya leyes que los protejan del dolor, la enfermedad y la extinción, no de los circos.

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