De monstruos y política

Nuestra Navidad

Hoy la Navidad es tan larga que aquella espera infantil porque llegara se ha convertido en la cotidianidad de la mitad del año.

Nuestras vidas ahora se dividen en dos partes: los seis meses de la Navidad, el resto sin Navidad.

¿Qué nos llevó a esto? ¿La recesión crónica? ¿La necesidad urgente de que acabe el año? ¿La necesidad de un Santaclós permanente que nos regale algo? ¿La urgencia por felicitarnos y abrazarnos? ¿El apuro por desear y nos deseen? Siendo la Navidad un sinónimo de paz y recogimiento al lugar del nacimiento, del nido, al ser cada vez más larga, nos demuestra necesidad y carencia y por eso la Navidad empieza en julio, impuesta primero por el comercio y va creciendo hasta convertirse en un largo final.

Desde hace años, la Navidad empieza a anunciarse desde el verano. Climáticamente ya no existen ni la primavera ni el otoño: pasamos del calor al frío y viceversa de un día para otro. Los árboles y la vegetación viven nuestro propio desasosiego humano y las hojas y flores surgen y caen sin verde tierno o sin amarillos.

Es quizás una sensación de la edad, pero ahora el tiempo es tan rápido como la vista, y entre un año y otro, la velocidad de acontecimientos y la superficialidad de la conciencia de éstos nos hace insensibles.

A los mexicanos, una prueba de esto, es algo que se ha dicho mucho: la indiferencia frente a la violencia.

La estadística de muertos y desaparecidos es como una cosecha que nos regalamos al final del año y al cual vamos aderezando con la nueva fiesta llamada el Buen Fin, que fue construido como puente, eslabón o relevo, ante un espíritu navideño tan largo que debe materializarse en consumo. En esta mitad del año, solo cambiamos los colores de los foquitos, fusionamos nuestras fiestas patrias que anuncian que el año concluyó y así terminamos mezclando sin quererlo a los Niños Héroes con Halloween y a la malquerida Revolución con el Día de Muertos, que por cierto ya no se celebran en su día preciso, sino el lunes próximo que nos da un puente.

Hoy, gracias a nuestros migrantes, festejamos cada vez más el día de Acción de Gracias en noviembre, donde los invasores comieron con los indios nativos y que en pocos años, su festejo será nuestro… si al comercio le conviene.

Si mientras regresamos de vacaciones en julio y agosto las tiendas ponen a la venta arreglos navideños y se venden en septiembre ¡roscas de Reyes!, ya cuando llegamos al 12 de diciembre nuestra existencia festiva nos da un sentimiento de felicidad y hacemos de acabar con el presente nuestro propósito principal.

En el fondo lo que buscamos es renacer, ser otros, abrir nuevos ciclos, pero siempre acabamos gustosos, abrazándonos a las derrotas, diciendo que todo es lo mismo. Nuestras únicas referencias reales son nuestros achaques y ver los cambios de nuestros amigos y familiares. Su transformación es un referente objetivo de nosotros mismos y nos dice que la vida no es un ciclo cerrado ni una metafísica, sino que los cambios en la naturaleza continúan… pese al sentimiento mundano y conservador de que nada cambia.

¿Estamos tocando el fondo? Es una pregunta frente al arbolito (de Reforma e Insurgentes) que quemaron L’Enfant terribles, según la versión de la película de Ateliers Gaphoui (Bélgica 1993) que al nacer ya hablan, caminan y quieren un mundo propio, pero a este no lo entienden ni pretenden.

Quizás demuestra esta Navidad crónica y desangelada, aunque ahora nos acompaña el frío del norte, el anuncio, el presagio de cambios para el país. Lo malo es que frente a ese presagio estamos también divididos, como cuando llegaron los españoles a las cosas mexicanas: unos creían que venía Quetzalcóatl el bueno y otros que llega el fin del mundo y no habría fuego nuevo.

Ya para Reyes veremos para dónde apunta este país que ahora se mueve por sus contradicciones. Por ahora enviémonos el mejor de nuestros abrazos y no rezonguemos de nuestro presente.

Felicidades a todas y todos.

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@MarcoRascon