De monstruos y política

Milpa, mercados públicos y cultura

La reflexión de la milpa como patrimonio cultural de la humanidad debe llevarnos a reconocer otros valores y ver a éstas y los mercados públicos como componentes de nuestra identidad cultural y nuestra seguridad.

A raíz de la declaratoria de la Milpa Tradicional mexicana como patrimonio cultural de la humanidad y que constituye una unidad con diversidad que integra los cultivos del maíz, frijol, calabaza; considerados la “triada mesoamericana” y que, a su vez, en ella se cultivan quelites, chiles, tomates y plantas medicinales, además de que se da el cuitlacoche y surgen animales adaptados a vivir en ella y de la cual podríamos decir que es la base de nuestra seguridad alimentaria de la cual surgió y se mantiene una profunda cultura expresada en las formas de producir, transportar, comerciar y comer de los mexicanos.

Esta declaratoria ha abierto un panorama de reflexión necesaria que une necesariamente aspectos económicos, de sustentabilidad, producción, seguridad nacional e identidad cultural, que permitiría incorporar nuevos valores culturales a nuestra identidad y que están a la vista, pero que la cotidianidad y su debilitamiento hace invisibles.

La milpa y el mercado público constituyen dos espacios vitales en la cadena, entre la producción y el consumo, que, a su vez, generan valores culturales y tradicionales que hay que desarrollar y conservar, pues ambos extremos de esta cadena de actividades tiene una existencia de más de 2 mil 400 años, están en nuestra esencia y son los espacios creadores no solo de valores tangibles como nuestros alimentos vitales como el maíz, el grano emblemático, sino también de valores intangibles que se unen a lo sagrado, símbolo de nuestra hechura, presente en la paz y la guerra, en la cosmogonía, las deidades y la milpa cuya integridad es capaz de alimentar de manera integral dotándonos de las proteínas, vitaminas y la energía necesaria.

En el Valle de México, la milpa tuvo sus acompañantes fraternales, con la chinampa y los vegetales, insectos y animales de la vida lacustre que convertidos en alimentos, son la base de nuestra identidad gastronómica centenaria y regional.

Hoy en el marco del 30º Festival del Centro Histórico, como parte de la vida cultural se ha incorporado el tema de la milpa, el maíz y la gastronomía, respaldando una tendencia necesaria de incorporación al concepto de cultura. Aunque era obvio, la trascendencia de la declaratoria de la milpa y el maíz como patrimonios culturales se convierte en una herramienta moderna, eficaz para defender la unidad entre producción de alimentos y gastronomía.

Desde esa visión, y como parte de la cadena productiva cultural, es importante la iniciativa que está surgiendo para el reconocimiento de los 329 mercados públicos en el Distrito Federal como Patrimonio Cultural de la Ciudad de México, pues estos constituyen una estructura fundamental de la vida comunitaria, el tejido social y la reproducción de cultura, cuya ubicación es estratégica en el entramado urbano. Los mercados públicos trascienden su función comercial y deben ser reconocidos como espacios cívicos, comunitarios, culturales y de valores históricos.

Son los mercados públicos, un espacio vital para el desarrollo de nuevas y mejores políticas públicas, las cuales deben ser respaldadas con inversión, equipamiento y mobiliario, sin perder el carácter social de la concesión como patrimonio familiar de los locatarios asignados. En los mercados públicos cabe la formación cultural de todas las disciplinas, la asamblea vecinal, la gastronomía tradicional y las nuevas escuelas, el fomento al pregón, los giros lingüísticos de las marchantes y locatarios, el fomento a los productos regionales, la modernización para la comercialización y el cobro, el manejo sustentable de los desechos orgánicos e inorgánicos, así como los ahorros de energía.

Si la gastronomía mexicana busca ser reconocida en el mundo, es por sus ingredientes y básicamente por los que nacen de la milpa y se expenden en el mercado público. Para ello es necesario que caminen juntos la gastronomía con el reconocimiento de los productores y la cadena productiva llena de cultura e identidad.

Esto ya está generando tendencias hacia la ruralización de la ciudad y llevar la milpa y los huertos urbanos a las azoteas, baldíos, balcones, camellones, jardines públicos y en todos los lugares donde exista tierra para sembrar.

La seguridad nacional tiene conceptos más allá de la seguridad pública, que existe o no, dependiendo de la seguridad alimentaria, la cohesión cultural, la fuerza comunitaria.

Es por todo ello que la reflexión de la milpa como patrimonio cultural de la humanidad debe llevarnos a reconocer otros valores y ver a éstas y a los mercados públicos como componentes de nuestra identidad cultural y nuestra seguridad.

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