De monstruos y política

Luna roja y crucifixión nacional

Que el descanso nos una y nos enseñe lo que podemos ser y no somos. Busquemos la solución entre los iguales y mortales, en el suelo que pisamos y en nuestro tiempo.

Según José Franco, nuestro explicador nacional de lo que sucede en el sistema planetario, ayer tuvimos “Luna roja” alineada a Marte y una estrella azul como su arete.

Dicho en forma esotérica: dios de la guerra en Semana Santa, lo cual para nosotros, herederos de presagios, anuncia cosas malas, no buenas, pues dicen que es un choque de dioses violentos que buscan que paguemos con más sacrificios lo que tenemos.

La Luna y Marte alineados con su estrella acompañante no sería más que un fenómeno de planetas, si no fuera porque al eclipse se le atribuye nuestra desunión histórica, donde los dioses que nos han regido (cada uno con su parte buena y otra mala) no se hubieran fusionado por la parte mala y nos hayan convertido en una nación errabunda, de sombras, y que busca su destino en un duelo entre los que todo lo quieren resolver con fe y magia y los que buscan el camino mediante la voluntad.

Esto impide que nos reconozcamos en nuestro espejo y nos aceptemos tal como somos; esto es causa que nuestra identidad sea difusa y confusa. Por una parte, nuestro culto a la superstición, la magia, el presagio, el simbolismo de los planetas, como representación del determinismo sagrado que cada minuto exigen ofrendas para que aceptemos las calamidades y la sobrevivencia nacional. Por la otra, el dios con su policía de la fe que castiga al hereje (que significa el que reclama la libertad de creer, no el que no cree), el que construye su verdad con el sacrificio y no con la razón; el que se sacrifica por nosotros, pero luego nos cobra, se impone y divide, pues tampoco soluciona el anhelo de la unión que no tenemos.

Ambos conceptos de los divino y sagrado se fusionaron y nos hicieron temerosos, siempre divididos, siempre esperando a quien desde afuera nos salve, pues para ello nunca pensamos en que la solución está en nosotros mismos.

Todos estos materiales forman parte del alma nacional y es con lo que hacemos la política. Una mezcla de debilidades que nos impide reconocer lo que tenemos como patrimonio común y sus productos naturales, donde primero están los dioses y al final lo humano, lo verdadero, lo que con soberanía podríamos realizar.

La mala cultura política son pensamientos tan duros como lo tangible. Por esa maldición no hay mexicano al que se le pueda confiar una urna o un presupuesto, pues partimos del hecho de que ambos serán robados. ¿Cuánto nos cuesta vigilarnos unos a otros? ¿Cuánto tenemos que pagar por nuestra desconfianza endémica?

Estas cargas simientes no han sido resueltas por nuestras guerras de independencia ni por las formas republicanas. Su influencia nos ha deformado la integridad y nos ha hecho perder la búsqueda de un destino común. Sabemos que el presente es insatisfactorio, pero al mismo tiempo unos buscan reformar en beneficio de su minoría para garantizar sus privilegios mal avenidos y otros, confundidos, luchan por detener los cambios poniéndole altares al pasado.

En el mundo mágico que es México no faltan los duendes de la provocación. Los que vigilan que nada cambie, los que cultivan el resentimiento y hacen de cualquier idea, un atentado contra su poder en el inframundo. Son los duendes y fantasmas que transforman los intentos por unir y construir, en actos de traición, pues el resentimiento se alimenta del silencio y de la negación a exponer y fundamentar ideas. Son los que convierten la política en una religión y en actos de fe para proteger ideas pobres e inquisidoras.

En esta semana, cuando reposan los delirios y las batallas de unos contra otros, apareció esta Luna roja para enmarcar la crucifixión que nos rige como forma y estructura de pensamiento basado en el sentimiento de culpa y la sustitución de lo sagrado por la razón.

En esta semana solo se velan las armas gracias a la oscuridad del eclipse y una cosmogonía que está presente, pero que no nos determina, como afirman los brujos y maestros del determinismo.

Que el descanso nos una y nos enseñe lo que podemos ser y no somos. Busquemos la solución entre los iguales y mortales, en el suelo que pisamos y en nuestro tiempo, porque la Luna, con sus colores, y Marte ahí seguirán, influyendo en las mareas y las guerras, en el orden planetario y el culto a la guerra y la violencia… pero sin resolver nuestra realidad y nuestros problemas.

Sin embargo, más allá de los brujos y sus simbolismos, el fenómeno del eclipse de ayer, producto de la naturaleza y los planetas unidos, fue de gran belleza… y ojalá todos lo hayan disfrutado.

www.marcorascon.org

@MarcoRascon