De monstruos y política

Escenarios y perspectivas

Este podría ser el momento de encarrilar la fuerza, no para “resistir” y defender el pasado, sino para cambiar y transformar al país en un camino inédito, tomando la delantera a los poderes fácticos y conservadores.

La fuga del ex presidente municipal José Luis Abarca y su esposa casi se convirtió en la desaparición perfecta.

Con ello, el eslabón informativo estaba desaparecido y hoy no existen pretextos para no saber la verdad y los cómplices, hacia arriba y hacia abajo, de la pareja, pues de su captura dependían dos aspectos centrales de la investigación: uno, la pista central para conocer el paradero de los 43 estudiantes y, dos, el vínculo entre la política y el crimen que se estableció en Iguala, pero que ya es un modelo en el país de tiempo atrás.

La desaparición perfecta casi nos regresa a los tiempos del diputado Manuel Muñoz Rocha, en 1994, cuya desaparición logró que nunca supiéramos quiénes fueron los autores intelectuales del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu y sus motivos. Ya no es el caso.

Hoy, el paro estudiantil nacional de tres días solo es igualado por el de 1968 y por ello es histórico, pero debe resolver hacia dónde y qué demandar en la crisis. Por otra parte, el gobierno federal juega como en el escenario del sismo de 1985, tratando de convencer que todos deben dormir tranquilos en sus casas y que la fuerza del Estado resolverá todo, cuando los derrumbes están por todas partes y no se ven salidas a la altura de las circunstancias desde los que representan las estructuras del Estado.

Más allá de la captura del munícipe y su esposa, cunde la sospecha de que el gobierno federal no tiene la fuerza para unir al país en torno a él; que tampoco existe ya un futuro asegurado de estabilidad económica y menos aún de mantener la seguridad interna. Las reservas éticas e institucionales del Estado mexicano se han agotado y aun más cuando la Suprema Corte ha cerrado el camino a la democracia participativa a través de las consultas, replegándose en la democracia representativa desacreditada, obsoleta y en manos de minorías.

Lo que al inicio de septiembre se veía como una máquina virtual apoyada mediáticamente, reconstruyendo un viejo esquema centralizado y autoritario, sustentado en sus reformas económicas, hoy se ve dando traspiés y acusado de ser el autor de la desaparición perfecta y de usar a las bandas criminales para gobernar.

Las fuerzas políticas tradicionales pasan de la fantasía a la actitud del avestruz: unos piden la renuncia de Enrique Peña Nieto, aunque no dicen que quien lo podría sustituir sería alguien peor, por un Congreso más débil e integrado por una mayoría conservadora y representante de los poderes fácticos. Otros anuncian la insurrección que arrasaría con la estructura política, partidos, gobiernos y funcionarios. ¿Y después qué? Mientras, otros esperan que pase el vendaval y se regrese a la normalidad y el olvido.

Dentro de las salidas irreales y fantásticas, el gobierno federal está llamando a un “Acuerdo nacional para impedir hechos como los de Iguala”. La propuesta dirigida a los partidos es de formato rimbombante y cuyos objetivos van a los efectos, no a las causas. Es tan superficial como los llamados a las renuncias, pues mantendría intacta la alianza entre poderes fácticos, corrupción y delito.

Hoy, como en 1985, si no hay participación plena de la sociedad civil en los espacios de decisión y si no se parte de una idea de refundación estructural, no hay salida.

He ahí el reto: ¿una llamarada más o encaminar a una salida de fondo? La única opción es que toda la movilización civil madure hacia formas de organización superior y construya una plataforma de reconstrucción nacional poniéndose al tú por tú frente al sistema político vigente, a los poderes fácticos, sumando fuerzas locales y regionales y la experiencia de los reformadores anteriores, la fuerza intelectual de todas las generaciones y los jóvenes movilizados contra sus verdugos.

También los jóvenes envejecen y la generación que hoy intenta unirse debe retomar experiencias anteriores como el #Yosoy132, cuya fuerza se escurrió entre las manos de los mismos jóvenes, hace dos años, hasta convertirlos en un recuerdo, una frustración, un testimonio, pues fue uno de tantos movimientos que renunció a la perspectiva.

Este podría ser el momento de encarrilar la fuerza, no para “resistir” y defender el pasado, sino para cambiar y transformar al país en un camino inédito, tomando la delantera a los poderes fácticos y conservadores, cuya capacidad de unir al país y dirigirlo está agotada.

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