A la intemperie

"¿Copa Pra Quem?"

En 2007, el Mundial era bien visto por casi 80 por ciento de los brasileños. Hoy apenas la mitad lo apoya, y al parecer cada vez son menos.

Cuando en 2007 la FIFA resolvió otorgar la sede de la Copa Mundial de Futbol de este año a Brasil, un jubiloso Lula da Silva señalaba que “el Mundial hará historia y pondrá a Brasil en el sitio que merece”. Atrás habían quedado las intenciones iniciales de Argentina, la que habló de ser la sede, mas nunca presentó formalmente su candidatura, y de Colombia, la que decidió retirar la suya para no sufrir una derrota humillante en la contienda. Después de todo, aún se percibía la enorme influencia del brasileño Joao Havelange, quien si bien había dejado la presidencia de FIFA en 1998, la había dirigido durante los 24 años previos.

Se trataba pues del primero de dos eventos deportivos internacionales que significarían, literal y figurativamente, la graduación de Brasil como un jugador de alcance global y por lo tanto miembro del exclusivo club de las potencias del orbe. ¿Qué ha pasado desde entonces que, según Datafolha, una reconocida encuestadora local, la popularidad del Mundial en casa ha caído de 79% en 2007 a 48% ahora? ¿Una pérdida de tal tamaño en la aprobación ciudadana es resultado de incrementar 7% las tarifas del transporte público, a efecto de ayudar a sufragar los gastos del evento? Como siempre, cuando menos para con los temas que valen la pena, las respuestas son múltiples y complejas.

En 2007, promediando el crecimiento de ese año y los tres anteriores, la economía brasileña crecía a un saludable 4.8% anual. A su vez, la inflación también para ese año y los tres previos crecía a 5.2% anual. Ahora, el crecimiento promedio de los últimos cuatro años en Brasil es apenas de 2.0%, y la inflación ha venido al alza, con un promedio de 6.1% para estos años. ¿Sería esto suficiente para explicar las protestas en la calle? Seguramente no.

Por un lado, ni la dictadura FIFA es fácil de complacer ni la burocracia brasileña parece estar a la altura. Hace unos días, en lo que ha sido considerado como “un remate en propia puerta” (autogol pues), el ex delantero de la canarinha y miembro del Comité Organizador del Mundial, Ronaldo, decía que “cuando en 2007 la FIFA nos otorgó el Mundial, Lula estuvo de acuerdo en todo y firmó todo. Luego llega la FIFA y se topa con la burocracia, la confusión y el regreso. Es una vergüenza…”. Acaso se entiende que la poco diplomática FIFA haya señalado en boca de su secretario general que “trabajar con las autoridades brasileñas es un infierno… y no por el calor”. Ello no ha evitado que el anfitrión tenga que cumplir con la llamada “Ley de la Copa”, mediante la cual tanto la FIFA como las empresas patrocinadoras gozan de un tratamiento fiscal de privilegio durante un tiempo alrededor del torneo.

Adicionalmente, en lugar de ceñirse a organizar el Mundial en ocho sedes, que es el número sugerido por la FIFA, Brasil decidió llevarlo a 12 ciudades distintas “a efecto de llevar la fiesta a más partes”. También con ello complicó su organización, aumentó los costos y perdió el control del proceso, por lo que la consultoría deportiva “Euroaméricas” ha calculado que éste será el Mundial más caro de la historia, siendo que la inversión tan solo en estadios —del orden de 5 mil millones de dólares— es superior a la de Alemania y Sudáfrica juntas, en alguna medida por lo que se considera una práctica excesiva de sobreprecios por doquier para supuestamente justificar los tiempos y exigencias de la FIFA. ¿Copa pra quem? (¿copa para quién?) se preguntan en Brasil. Cuando menos por estos lados debiéramos preguntarnos ¿liçäo pra quem? (¿lección para quién?).

Cuando en 2009 el Comité Olímpico Internacional resolvió otorgar la sede de los Juegos Olímpicos de 2016 a Río de Janeiro, un jubiloso Lula da Silva se apuntaba un segundo triunfo al hilo en las competencias deportivas más relevantes. Es posible que hoy en día tanto madrileños como tokiotas y chicagüense estén más tranquilos por su derrota ante los cariocas, quienes tendrán que esforzarse al triple para evitar que en un par de años nos acordemos de una de las máximas de Yogi Berra, “it’s déjà vu all over again”.

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